Hacía meses que buscaba el peluche que compré en Londres, cuando el viaje de fin de curso de secundaria. No había forma de encontrarlo. Hoy, he colgado un abrigo más del perchero y se ha roto. Toda la ropa ha caído al suelo y, entre esta, ha aparecido el monito de Hamley’s. ¿Hace falta que las cosas se rompan para que encontremos lo que andábamos buscando? He perdido toda la mañana intentando clavar el nuevo perchero. Me gustan los ojos de este peluche. Mira las cosas con descaro.
«Cuando tenía tu edad, lo último que quería era tranquilidad», me dijo una de las últimas veces que hablamos. Hoy, quedo con X para tomar un café, lo que no es menos que un honor; es una persona que resultó decisiva para mí, tanto a la hora de escoger la carrera que quería hacer como, ahora, al pensar en el tipo de profe en que me querría convertir. La considero una maestra, alguien que con su forma de ser me ha mostrado que la degeneración no es el único curso que pueden tomar las cosas; también hay una posibilidad de salvación a través del humor y del conocimiento, aunque sea una posibilidad –como todas– provisional.
Le hablo de los proyectos que ahora mismo me ilusionan, ninguno de los cuales da dinero. Me habla de David Vilaseca, con quien estudió en la universidad. Los allegados de Vilaseca quieren mantener vivo su recuerdo, pero no a través del mero homenaje, sino haciendo algo con su obra, dándole vida. La narrativa de Vilaseca fue toda una revolución, para mí; Els homes i els dies me hizo ver la literatura como una vía de consuelo y desesperación al mismo tiempo, la escritura como un compañero a lo largo del camino; también debería decir que me acabó exasperando y que hasta cierto punto encontré insoportable a su narrador; lo que no hizo ese libro fue dejarme indiferente.
Después se proyecta L’Âge d’Or, que nunca había visto. ¿Cómo no? El encuentro con una pieza así es un flechazo, una revelación. Eleva. Toda la banalidad que recubre mis días parece desaparecer. La ilusión, desgraciadamente, solo dura sesenta minutos.
Salgo de Mataró con el bus de las doce; leo La vida sexual de Catherine M. Por la tarde, estreno del cabaret.
Escribir por las mañanas. Debería volver a hacerlo. Cada mañana es un comienzo único; llevo veintitrés años vivo, pero cada despertar es como empezar de nuevo. Asimismo, escribir ficción es un empezar; no hay nada preestablecido y el único límite es el que admiten las palabras. Despertar y escribir, empezar y empezar. Debería volver a escribir por las mañanas, para ir bien, para mirar las cosas por primera vez.
Soy un número más. Hay quienes, como yo, se quedan reducidos a un número y quieren salir de esa categoría. Todo es en vano. Todos vamos a parar al mismo lugar.
De Weerasethakul, me gustó mucho la típica: El Tío Boonme que recuerda sus vidas pasadas. Tropical Malady se divide en dos partes; la primera cuenta la historia de amor entre dos hombres y la segunda trata de un hombre al que un tigre persigue por la selva. La primera parte me interesa. La segunda es irritantemente contemplativa. De la parte de la historia amorosa me interesa su extrañeza. Los dos amantes están en el cine; uno pone su mano en la pierna del otro; el otro la aprisiona entre el juego y cierta violencia placentera. En otra escena, los amantes se empiezan a lamer los dedos de las manos. Se insinúa una infidelidad a través de un instructor de zumba de sonrisa inquietante. Debería volver a ver esta peli; se merece mi plena atención.
Como dice Catherine Millet, «me enfurecía no poder perfeccionar mis prestaciones sexuales, en principio ilimitadas, mediante una apariencia que no admitiera reservas.» Es exactamente eso. La belleza propia supone un placer directo para los ojos de los demás y es un placer indirecto para la satisfacción propia. No quiero ser bello; me conformo con rodearme de personas bellas. Desear es superior a ser deseado.
Debo salir del círculo.
Le propongo ir a ver la exposición que están dedicando a Joseph Beuys en La Virreina. Aunque ya sé que no le gustará, porque X abomina de casi todo lo que no sea clásico o figurativo, creo que enfrentarle con el tipo de arte que no le gusta también puede ser una oportunidad. Una oportunidad para mí, para ver cómo justifica su rechazo. Una oportunidad para él, porque lo que nos contraría a veces supone una invitación a la reflexión más clara que lo que nos place.
A eso de las nueve, regreso a casa. Estoy agotado, pero aún tengo el ánimo suficiente para ponerme los cuarenta y cinco primeros minutos de La pianista, de Michael Haneke. Quién fuera Isabelle Huppert.
Días de levantarme con cierto dolor de cabeza, como si dormir no lo curara todo. Si dormir fuese un talento… Dormir doce horas, ininterrumpidamente; no aspiro a más.
Voy a la Filmoteca a ver Jeanne et le garçon formidable (1998), de Olivier Ducastel y Jacques Martineau; no venía con expectativas e incluso esperaba encontrar una copia barata de Demy; el musical, sin embargo, me convence con creces; como en la peli que vine a ver el otro día, también de Ducastel y Martineau, el tema del VIH está muy presente a lo largo del metraje y resulta inquietante; uno de los protagonistas es Mathieu Demy, hijo de Jacques Demy, que precisamente murió de sida.
Regreso a casa. Acabo de ver La pianista, que no me provoca un impacto tan grande como Amor, pero contiene imágenes bellas.
Por la tarde, voy a visitar la exposición de Beuys de nuevo; me quedo horas mirando los vídeos en que Beuys habla, actúa, argumenta.
X me dice que una chica que me cayó bien en una fiesta va diciendo que soy un buscafama. Vuelvo a Mataró henchido de negatividad. Depredadores. La vida social como máscara. Asco.
Me suelta un rollo sobre política. Ahora, hablando conmigo, habla en verdad consigo mismo. A las nueve y pico me voy, tristísimo. Camino desolador hasta casa.