126. Día fantástico junto a X. Nos encontramos a media mañana, subimos andando hasta la ermita de Sant Martí de Mata –nunca había estado aquí– y luego hacemos un arroz con verduras y setas (trompetes de la mort y rossinyols). Por la tarde vemos en su tele Barcelona, nit d’hivern y luego ponemos los vídeos de conciertos de Lady Gaga y Lana del Rey. Oscurece pronto y nos acercamos en coche a Mataró.
127. Cines Mooby Glòries. Caza de brujas, dirigida por Luca Guadagnino. Llego corriendo a la sesión de las seis y media. Cuesta creer que la actriz protagonista sea la misma que en Come, reza, ama; Julia Roberts nunca ha sido santo de mi devoción.
Guadagnino «lo petó» con Call Me By Your Name y ahora paga las consecuencias: el público reclama que repita el éxito, pero con pelis como Suspiria o Queer se fue por otros derroteros. Esta tiene una mayor apariencia de telefilme que las anteriores.
¿Cuál es el problema de «petarlo»? Lo dijo Carlo Padial cuando le entrevistaron en el Hotel Jorge Juan.
Caza de brujas no solo trata de un caso de violación sino que tiene más mala baba y aborda la cultura de la cancelación: la víctima convertida en verdugo. Por eso en algunos puntos me recuerda a lo que recientemente ha ocurrido con X y Y.
La cultura de la cancelación surge como respuesta popular desesperada ante una justicia que no siempre es igual para todo el mundo; es una protesta contra el engaño del igualitarismo universalista moderno. Si durante siglos no se ha creído el testimonio de los oprimidos y discriminados o incluso se les ha querido tratar de culpables –la quema de brujas–, ahora tiene lugar una venganza histórica, simbólicamente redentora, en que acusar a alguien privilegiado sería suficiente para suspender la presunción de inocencia y condenarle.
Las críticas se solapan: ahora no solamente hay quien se queja de una justicia tradicionalmente sesgada, interesada, sino también quien se lleva las manos a la cabeza ante la arbitrariedad con la que parece operar la cultura de la cancelación, que, desbocada, hasta se vuelve autotrófica: Errejón.
El tema tiene enjundia. Lo que no le perdono a Guadagnino es que haya hecho una película afectadamente sesuda en los diálogos y aburrida por momentos, justo en una semana personalmente de mierda en la que acudía al cine con tal de buscar evasión, incluso evasión en la reflexión. Hacia el final de la peli me he encontrado llorando por motivos que nada tienen que ver con esta; se me iba la cabeza hacia otras cosas.
Visualmente, Caza de brujas no está lejos de Tár. En materia de banda sonora, la segunda le da mil vueltas. El sonido de Caza de brujas llega a molestarme, y no en los momentos en que quiere hacerlo deliberadamente.
128. A las nueve he cogido el bus para Barcelona. La chica sentada delante de mí tiene abierto el bloc de notas del móvil y relee una larga reflexión emocional que acaba de escribir (creo). Espiándole capto alguna frase: «Empiezo a proyectar una pareja en ti, Ot».
¿Cuál será su historia? ¿En qué contexto habrá conocido al tal Ot? ¿Pretende mandarle la nota completa? ¿O solo la usa para ordenarse las ideas, como paso previo a una conversación?
Me llama la atención la forma en que lo formula: «Proyecto una pareja en ti», y no, simplemente, «deseo ser tu pareja». Hablamos más que nunca de nuestras emociones, pero lo hacemos con un lenguaje cientificista, lleno de tecnicismos (proyectar, poner límites, cuidarse) que, si bien a veces son útiles, otras veces también pueden esconder la evidencia de que nunca conoceremos completamente el territorio que pretenden rastrear. Es peor creer que se sabe algo cuando no es así que ser un ignorante consciente de sus limitaciones.
129. Por un rato he desconectado de la tristeza. Estoy ligeramente más desapegado de lo que me apenaba. Pienso que hoy dormiré bien. En el trayecto a Mataró la lluvia aumenta. El agua es reparadora; es cambio; vida nueva. Los cristales del autobús están entelados y a través de ellos se adivina una autopista lúgubre. La vida es simple y, como dice Rigoberta, «estás en bragas viendo a las Kardashian, | ¿qué más puedes pedir?».
130. En los momentos de pérdida, de duelo, siento como algo natural el salir de mi zona de confort, el hacer las cosas de un modo distinto a como normalmente las haría. Pongo las inercias entre paréntesis. Crezco.
131. En el duelo, reluce más que en ningún otro sitio la unicidad del ser humano: no te sirve cualquier persona sino esa en concreto que ha desaparecido.
132. Estaré mal hasta que me harte de estar mal y entonces ya no estaré mal.
133. —¿Pero no ves que has estado siendo completamente delusional? —me pregunta X.
—Pero esa delusion es mía y hago lo que quiera con ella.
134. Me contó que, desde enero, ha estado haciendo terapia con enfoque Gestalt: «Si fui un niño solitario, me concentro para imaginarme a ese niño acompañado por mi yo adulto, y entonces deja de estar solo. La cuestión es imaginarlo con la suficiente concentración como para que tenga un efecto sobre el inconsciente». «Pero, entonces», le respondía yo, «¿el recuerdo imaginado sustituye al real o conviven?».
135. Al salir de ver Akhnaten, escrita por Philip Glass y dirigida aquí por Phelim McDermott, me pregunto: ¿inventamos el matrimonio para huir de la posibilidad de la vida religiosa? ¿O inventamos la espiritualidad para huir de la posibilidad del enamoramiento?
136. Da igual que ya lo hayamos contado mil veces. Cada vez que lo pasamos por el tamiz del lenguaje, el recuerdo se transforma. Un recuerdo es como la última vez que lo recordamos, venía a decir Carla Simón cuando presentó Romería en la Filmoteca –película que, sin embargo, no me gustó.