31 de diciembre de 2021

Mirar por primera vez. Diario 2021: 27 diciembre-31 diciembre


Dedico el día entero a escribir sobre Sento una música dintre del cap (transformació d’un pensament borrós), obra de Marria Pratts que vi un sábado por la tarde, en el MACBA, al llegar al final de una exposición.


En la cena de Nochebuena, alguien dijo: «Los artistas que mueren jóvenes no entran en decadencia.» Mi forma de ver el mundo es casi opuesta. La belleza es la vejez. En catalán, las palabras coinciden: bellesa, vellesa. Para ver las cosas así hace falta cierta disposición. Mirar como por primera vez.


La primera vez que oí hablar de Marria Pratts fue en el programa Caràcter, en 2015; lo que primeramente me interesó fue la artista, y no su obra, si bien en ambas notaba un mismo gesto: el de desasimiento.


Una vida es un continuo; no hay tal cosa como un reinventarse; quien cree que ha empezado de nuevo simplemente está ignorando el pasado. Nunca sobra modestia. Los cambios son cuestión de días, no de instantes. Día, tras día, tras día. Una creación exige más paciencia y perseverancia que arrebatos geniales. Todo esto ya lo sabía. Lo que importa es re-cordarlo, es decir, volver a pasarlo por el corazón, sentirlo.


Los fantasmas son viejos conocidos del mundo de Pratts. A todos les une el hecho de tener los ojos y la boca abiertos de par en par, como profiriendo un grito visceral.


El título de este diario es infiel a cada uno de sus días: ¿he mirado por primera vez? Quizá la cuestión nunca ha sido mirar las cosas de un modo originario, esencial, sino remontarse más allá de todo origen y esencia. A principios de este año, leía en Levinas: «El problema consiste tan solo en preguntarse si el comienzo está al comienzo, … si no existe una anarquía que es más antigua que el comienzo y que la libertad.» ¿Pero la anarquía se puede habitar? Por peligrosas que sean las esencias, ¿no lo es más su falta? Cada pregunta que hago es un subterfugio. Quien pregunta no responde. Si algún día me atrevo a responder, no lo haré con elucubraciones; lo haré con la concreción de mis días. Cada palabra que escribo no pretende ser más que eso.

26 de diciembre de 2021

Mirar por primera vez. Diario 2021: 21 noviembre-26 diciembre


Así es mi forma de proceder en las redes sociales y a veces en la vida también: deformar conversaciones, tensar la naturalidad hasta que surge una situación amorfa y me apresuro a huir de ella. Ese es mi patrón. Todos mis días están cortados a su medida. Podría intentar romperlo, pero tengo miedo de que entonces me encuentre solo conmigo mismo.


No sé cuál es mi lugar. Podría buscarme rápidamente un trabajo como profe y fingir que he encontrado tal lugar; el tiempo pasaría y, quizá a los ochenta años, vería que he malgastado una vida a la que otro espermatozoide habría dado una utilidad. No encajo en el rompecabezas y no tengo excusa; todo estaba a mi favor, fui yo quien decidí reducirme a la inoperancia, a la muerte en vida.


Solo yo puedo hacerme cargo de la búsqueda de sentido. Lo mejor será que me busque un trabajo y que acabe cada día demasiado cansado como para preguntarme si realmente estoy haciendo lo que quiero hacer.


La realidad, lo terrenal, la claridad. Ayuno de basura y ruido. Basta de anestesias.


Acabo acostándome a las dos. Antes, le mando unos mensajes a X diciéndole que tengo miedo de tener miedo (y que la inseguridad me lleve a cagarla, como siempre) y de no tener miedo (y que, confiado, acabe metiéndome una hostia, como siempre).


Oír estas cosas proviniendo de una voz externa, una voz que se preocupa por mí, me lleva las lágrimas a los ojos y me resuelve a emprender un cambio.


Paso algunas entradas de este diario a ordenador. A principios de año, mi estado de ánimo era muy distinto. Estaba haciendo un máster de mierda. Me da algo de nostalgia pensar que entonces aún no había vivido todo lo que he pasado a lo largo del año, tanto lo bueno como lo malo. Era, por decirlo así, un fruto un poco más verde. ¿Cuándo nos marchitamos?


En Le mépris, Michel Piccoli le dice a Brigitte Bardot: «Tengo la sensación de que es la primera vez que te veo.» Si creí que este diario era una oportunidad para volver a mirar por primera vez, el paso de los días solo ha demostrado que la mirada está sucia y no hace más que deteriorarse. La voluntad no vale nada sin constancia.


El avión tenía que despegar a las seis y media, pero se retrasa unos minutos porque una mujer se marea y vomita.


En el Orsay: Manet, los nabis, Rousseau, Renoir, exposición sobre Constantin Guys. Por la tarde, vamos al Musée des Arts Décoratifs a ver una exposición sobre Mugler. Cenamos en el ramen Sapporo y tomamos una copa en La Perle, donde un Galliano pasadísimo de vueltas soltó a unos desconocidos: «I love Hitler.» Fue en 2011, hace justo una década. Ese mismo año, Lars von Trier dijo en Cannes: «I understand Hitler.» A personajes de esta estatura se les debería exigir polémicas más sofisticadas. Dos escándalos que han quedado en el olvido –cuando no son recordados como anécdotas entrañables– mientras sus protagonistas siguen donde estaban; nimiedades para alimentar los medios de comunicación.


Vamos a la exposición de Martin Margiela que hay en Lafayette Anticipations; como se dice en una cartela, sus obsesiones son «cheveux et épiderme frôlant l’abstraction comme autant de traces du passage du temps», «disparition», «la vie d’un objet ou d’un être n’est jamais terminée, il est toujours en mutation, prompt à une multitude de renaissances», «la beauté et la poésie du vulnérable, de la fragilité et de la fugacité», «l’anodin et le trivial»…


Tomamos el metro en Hôtel de Ville. Un hombre habla solo, sentado en una silla del andén. Abrigo azul eléctrico, bufanda y boina. El metro llega y no lo coge.


Vamos al Centre Pompidou. Un museo de arte contemporáneo que es como un parque de atracciones para niños. Siempre será mejor algo así que el MACBA, un museo de arte contemporáneo que es como un hospital. Exposición de Baselitz. Colección propia: Chagall, Dubuffet, Warhol… Exposición del diseñador de producto Ettore Sottsass: «Devo pensare di più per sapere di meno.» En la tienda del museo, me compro un libro sobre Pierre Soulages.


Pasamos por delante del Club Silencio de David Lynch; en la puerta hay un hombre fumando; esperamos a que se acabe el piti, a ver si entonces abre la puerta del club y entrevemos el interior; sin embargo, se acaba el piti y saca otro; desistimos.


En Lo abierto. El hombre y el animal, Agamben cita a Benjamin: «La satisfacción sexual libera al hombre de su misterio, que no reside en la sexualidad, pero que en su satisfacción, y quizá solo en ella, es truncado, no resuelto.» … Aunque la satisfacción sexual no equivalga a la saciedad absoluta, es cierto que, si se observa el orgasmo como el fin último, cuando este se alcanza no hay nada más que decir o hacer. Conviene preservar el misterio para que las cosas se revelen en su dimensión infinita, y no en la instrumental.


Hoy tampoco consigo ponerme con la crítica de arte que debo escribir. Como siempre, quedará para el último día. No pasa nada. Tampoco me serviría de nada sacar una buena nota para acceder a un doctorado; haría el doctorado y me moriría de hambre. Avanzar es imposible.


«Bueno, ¿y no te gusta que ahora esté recibiendo su merecido?», me preguntó. Le miré sorprendido. ¿Cómo iba a alegrarme porque a alguien le fueran mal las cosas? No le deseo el mal ni a quien me lo desearía a mí. A mis enemigos les ignoro, no les puteo. Ya hay suficientes cosas rotas en este mundo; no hace falta añadir leña al fuego con pasiones bajas y gestos despreciables.


Por la noche, no consigo dormirme hasta las tres y pico. Me vienen a la mente algunas personas espantosas que he conocido este año. Se me presentan como pesadillas, lejanas; parece que las pudiera expulsar de mi vida con tan solo despertar.


Pasando este diario a ordenador, me doy cuenta de que en él hablo demasiado de las cosas que no me gustan. Esta sería una buena orientación creativa para el próximo diario y quizá también para la propia actividad de la consciencia: dirigir la mirada hacia lo que me fascina, y no hacia lo que aborrezco –por más que lo que aborrezco también tome una porción elevada de mi tiempo.

Cuando decido qué fragmentos de este diario colgar en las redes, actúo como mi propio censor. Un diario, que reflejaría la intimidad, acaba siendo lo más alejado a esta; mera construcción de una máscara. Una de tantas.

20 de noviembre de 2021

Mirar por primera vez. Diario 2021: 16 octubre-20 noviembre


El café se enfría mientras escribo esto. Anoche me desinstalé las redes sociales del móvil; probablemente no tarde ni veinticuatros horas en volver a ponérmelas todas.


«En cuanto a las bromas, las palabras ociosas y todo lo que haga reír, lo condenamos a una eterna clausura en todo lugar y no permitimos que el discípulo abra su boca para tales expresiones.» Antes de acostarme, anoche, busqué en Google la regla de San Benito y leí algunas frases. Por la boca muere el pez. He conectado con X pero quizá debería ser más prudente a la hora de hablar. En la ligereza de nuestras conversaciones, a veces llego a decir cosas que nunca debería haber dicho. Es indigno de alguien que ama las palabras. Y, sin embargo, es esta frivolidad la que permite que se empiece a crear una intimidad entre personas.


La vida es diástole y sístole, dilatación y contracción. A veces nos expandimos y contoneamos como cortinas al viento y a veces solo queremos quedarnos encogidos, hechos una bolita. El momento de ahora es de una especial dilatación. Anoche charlaba animadamente, llegué a las dos y pico a casa, apenas leí nada. Dispersión, superficie. Quizá no me sintiera tan mal si tuviera una gravedad con la que compensar estos excesos livianos. El viernes, en un bar, X me lo comentaba: «¿Cómo pasar de la ligereza a la gravedad? ¿Cómo leer a Proust y luego irse a tomar unas birras? ¿Cómo operar esa transición?» A veces tengo la impresión de que lo que entendemos por profundo y ligero no son más que convenciones y que en verdad todo está en el mismo nivel. No lo sé. Al mismo tiempo me resisto a negar todo fundamento, toda esencia; tiene que haber algo fugitivo y permanente detrás de las apariencias corrientes –si no, la búsqueda en que consiste el arte no tendría sentido.


El problema que más me preocupa ahora es el de la atención. ¿Cómo mantener la atención? ¿Cuáles son sus condiciones? Siento que mi consciencia es un espejo de la dispersión y el exceso de la red. ¿Cómo volver a ser capaz de concentrarse? ¿Cuál es la disciplina que determina la concentración? Nada me queda más lejos que esos placeres.


Hay cosas a las que hoy he dicho sí que debería haber rechazado. Me entrego con demasiada gratuidad a la vida social. Se me impondría un retorno interior que ahora mismo no soy capaz de hacer.


Me vino bien llorar; me siento como cuando ha llovido a cántaros toda la noche y por la mañana el aire es fresco y agradable. En el trayecto de vuelta, empieza a diluviar y me tengo que cambiar de asiento en el bus porque se cuela agua por el techo. Llego a casa a las diez. Leo a Heidegger: «El problema de la certeza absoluta es sobre todo el problema fundamental de la filosofía moderna.» Me acuesto.


Hacía meses que tenía el escritorio de mi cuarto invadido por montones de libros. Los traslado a unas estanterías que han quedado vacías. Decenas de libros. Leo poquísimo, muy lento. Debería lanzar mi móvil por la ventana ahora mismo y centrarme en lo que realmente importa: escribir, leer, sentir, pensar. Las redes sociales son, en verdad, telarañas sociales. ¿Cómo acabar con su hechizo?


Destello bravío (2021), de Ainhoa Rodríguez; ambientada en Extremadura, sigue a una serie de mujeres con vidas anodinas y caracteres singulares que acaban elevándose a través de éxtasis sci-fi. A mi madre no le gusta, dice que no se siente representada por esa Extremadura. ¿Por qué cada uno no se representa a sí mismo? ¿Por qué no volver a la presentación propia en lugar de cabrearse porque todas las representaciones son falsas?


«Tenemos que encontrarnos a nosotros de modo que nos vinculemos con nuestra existencia y de modo que esto, el ser-ahí, se vuelva para nosotros lo único vinculante», escribe Heidegger. ¿Hay un peligro en el interior de esta orden? ¿Es un peligro menor al que encontraríamos si no le obedeciéramos? ¿Qué es peor, la jerga de la autenticidad y todo en lo que pueda degenerar o la vida inauténtica, inocua pero también incolora?

Noche muy fría.


En cierta forma, he sustituido la escritura por los demás. Ya no escribo, ahora hablo. Es como si no hubiera dejado de ser escritor, puesto que aún me manejo con las palabras, pero ahora no lo hago en escritos sino en conversaciones de café o bar.


Las redes son una carga: te obligan a saber de las vidas de personas con quienes ya no te tratas o que solo conoces de un día. Las redes son distractoras: te ponen delante vidas apetecibles que no tienen nada que ver con el suelo en el que se arraiga la tuya propia.


Al pasar por delante del Hard Rock Cafe de Plaça Catalunya, me fijo en la escultura de Minerva que hay en la fachada; la hizo Frederic Marès. Al pasar por el cruce de Gran Via y Rambla de Catalunya, me fijo en las esculturas de la rotonda, niñas a lomos de peces; también Marès las hizo.


Ahora estoy sobrio, solo, frío. Nada. Siempre se vuelve a la nada. Es el final de trayecto. Ojalá la nada fuese lo que nos esperase después de la muerte. Lo terrible es que nos espera tras cada intensidad, tras cada momento que habíamos creído lleno y que solo ha servido para hacer más patente el vacío posterior.


Euforia por haber hecho algo bien. Es como una primera hoja que brotase en en un yermo.


Intento leer un poco más a Heidegger pero ya no consigo concentrarme. Dice Heidegger: «el lenguaje no está sometido a la lógica en todo, sino que de la esencia del lenguaje y de los significados forma parte el ser inconsecuente, o, dicho de otro modo, que el lenguaje es algo que forma parte de la esencia de la finitud del hombre.» Puesto que somos finitos, tenemos el lenguaje; un lenguaje falible, inconsecuente. Me acuesto a las doce y media pasadas.


Paso por Passeig de Gràcia; levanto la mirada y me topo con la escultura que Marès hizo para La Unión y el Fénix: un hombre desnudo eleva un brazo hacia el cielo mientras dirige el otro hacia el ave en la que está montado –el hombre sometiendo la naturaleza a su voluntad. En Valencia, yendo para la Estació del Nord, vi otra reproducción de esta misma escultura, lo que hizo que perdiera potencia en mi imaginación. La majestuosidad de esa imagen tanto nos puede despertar admiración como parecernos ridícula; en cualquier caso, somos incapaces de ver el mundo como lo verían Marès y sus contemporáneos –¿y gracias?

15 de octubre de 2021

Mirar por primera vez. Diario 2021: 10 septiembre-15 octubre


Tao Lin, en Trip, hace referencia a una expresión de Terence McKenna: «the felt presence of immediate experience». Es eso lo que me tengo que procurar.


La distancia entre la pulsión y la acción parece mínima, a veces, pero enseguida recuerdo que no hay persona más tímida que yo y me retraigo.


Lo bueno del día de ayer fue que empezase a leer Vernon Subutex. Hoy sigo. «Cap a la trentena, tot comença a perdre intensitat, tant si ets precari com si ets una superestrella.» Aunque aún me quedan siete años para llegar a los treinta –bueno, menos: seis y pico–, las frases de este tipo me dan escalofríos. ¿La intensidad de la veintena es la mayor de la vida? ¿En serio? ¿No habrá nada más elevado que esto?

Siempre he vivido proyectándome demasiado hacia el futuro: mañana escribiré, mañana trabajaré, mañana… Solo los sueños han llenado mi presente y los sueños están vacíos; el vacío no puede llenar nada, así que todo ha sido un mero engaño. No hace falta ser un genio para prever que las cosas seguirán con la mediocridad que han mostrado hasta ahora o que irán a peor.


Bebemos unas birras por el Eixample. Noto que no me escucha cuando le hablo, solo le interesa su propia vida y sus deseos. Dejo que hable.


Quizá la cuestión, como siempre, sea que presiono la realidad con una producción industrial de ilusiones antes de que esta se haya podido expresar.


La injusticia de la falta de reciprocidad: infravaloramos a quien nos quiere y cuida mientras que dirigimos toda nuestra atención a quien no importamos. ¿Por qué no debería limitarme a querer a quien me quiere? ¿Por qué me vuelvo un devoto de quien menos caso me hace?


Se presenta, delante de mí, un largo fin de semana. En otros tiempos, lo habría aprovechado para ignorar lo que siento y emprender una huida hacia adelante a través del alcohol y la dispersión. Hoy, creo que es la ocasión ideal para mirar hacia dentro y tomar consciencia, una vez más, de lo que está mal conmigo.


La memoria y la imaginación comparten un mismo territorio. En lugar de hablar de nuestras fantasías en subjuntivo, lo deberíamos hacer en los pretéritos del indicativo.


Debería escribir las historias apasionantes de dos mujeres: Júlia Peraire y Teresa Mestre i Climent. Peraire fue musa y esposa de Ramon Casas. Mestre inspiró la Ben Plantada de Ors –también la retrató Casas– y huyó con su amante Josep Pijoan después de romper su matrimonio con un hombre poderoso de Mataró. Las dos fueron mujeres de un carácter irrepetible en la sociedad barcelonesa de principios del siglo XX. Las figuras intelectuales y artísticas que tenían a su lado no han opacado su memoria. Falta trazar los lazos subterráneos entre las dos, poner luz a sus vidas, conocerlas en fin.


La conversación de hoy con X ha sido animada; me ha hablado de su problema para controlar la ira; en distintas ocasiones, ha lanzado copas a personas que han hecho comentarios racistas o misóginos en su presencia.


Pienso en todos los libros que me gustaría estar leyendo. Pienso que, el año que viene, podría escribir mi diario en tercera persona.


Nunca entenderé cómo se puede pasar tan brutalmente de sentir un deseo profundo al hastío de después del éxtasis, es como un animal furioso al que lanzasen un dardo para sedarlo, lo que hay de toro en mí.

9 de septiembre de 2021

Mirar por primera vez. Diario 2021: 5 agosto-9 septiembre


«Vivimos con la misma inconsciencia que los animales, del mismo modo fútil e inútil, y si presentimos la muerte, que es de suponer, sin que tenga por ello que ser cierto, que ellos no presienten, la presentimos a través de tantos olvidos, de tantas distracciones y desvíos, que casi no podemos decir que pensemos en ella.» (Pessoa, Libro del desasosiego). En esta obra es clave la idea de que «la inconsciencia es el fundamento de la vida», pero, en este momento concreto, aún destaca más el presentimiento de la muerte. ¿Podemos ser profundamente conscientes de nuestra finitud? A los dieciocho, estaba más ejercitado en el arte de pensar que todo terminaría un día u otro. De allí sacaba la fuerza de mi carácter. Me alejé de ese territorio y, ahora, pensar que un día moriré no me suscita ninguna sensación, lo que significa que no lo estoy pensando de verdad.


Diástole y sístole. Esa forma deberían cobrar las páginas de este diario.


Vamos al Parc Samà, que X me quería mostrar; es un jardín botánico, con un lago y un palacete; fue construido entre 1881 y 1887 como casa de verano para una familia de indianos, los marqueses de Marianao. Luego nos dirigimos a Riudecanyes; el gato de X me tiene miedo; damos una vuelta por el pantano; cenamos en casa; cerveza en el bar del pantano.


Salimos para la Ermita de la Mare de Déu de la Roca. Mont-roig fue fundamental para Miró; me siento agradecido de estar aquí ahora. Copio de Internet: «El bello paraje de La Roca dio lugar a un cuadro de clara influencia cézanniana: Mont-roig, Sant Ramon (1916).» El difícil equilibrio de la ermita sobre el peñasco rojo. Me guardo una piedra en la bolsa. Hace un sol de justicia. Subimos a través de distintas rocas. Hay excursionistas, pero no demasiados.


Volvemos al Petit Vegan; si ayer comimos un sándwich de sobrasada vegetal (X) y una hamburguesa de heura (yo), hoy cogemos unos nuggets para picar, un bocadillo de calamares (X) y una hamburguesa llamada cuarto de libra de Linda McCartney (yo). Me encantan las hamburguesas, todo un cosmos entre dos panes.


Mi pudor ha sido mayor que mi gula, esto no se puede tolerar.


Poco a poco, me acerco al final del Libro del desasosiego. Ha sido una lectura lenta. Dice Bernardo Soares: «El hombre no debe ver su propia cara. (...) El inventor del espejo envenenó el alma de los hombres.» El rostro, la «ignonimia del verse», el veneno del alma… El desasosiego como escapatoria del ego hipertrófico moderno. Pessoa es del siglo pasado pero nos avanza en las cuestiones más esenciales.


Luego vuelvo a ver Ne croyez surtout pas que je hurle (2919), de Frank Beauvais, que ya vi hace meses y me tocó. Viene a ser un diario fílmico, personal, del director. ¿Cuáles son las trampas del género del diario? Dice Beauvais: «El cliché, el narcisismo, el orgullo, la deshonestidad, la autocompasión.» ¿Habré caído en todas? Me interesa el relato que hace la voz en off de su relación distante con su padre, del aislamiento, de una cotidianidad llena de gestos rituales, el arte como último refugio…


Me atan una cinta de plástico en el brazo; solo desvío la mirada en el momento en que la aguja traviesa mi piel; seguidamente, vuelvo a mirar hacia mi brazo, hacia el tubo que se va llenando de un rojo escarlata, casi con brillantina.


Quizá una de las capacidades que he ido perdiendo estos últimos años sea la de observarme desde fuera. Estar siempre dentro de uno mismo, del ego que nos hemos construido, puede resultar asfixiante. Escribe Pessoa: «No tengo adónde huir, a no ser que huya de mí mismo.» La huida de uno mismo como remedio ignorado, la distancia como estrategia de la inteligencia. ¿Cómo volver allí?


Nuestra capacidad para hacer daño a quienes queremos es inmensa. «Aquesta cosa tan fràgil que és una vida, tan difícil de fer-la anar equilibrada fins a l’acabament.» La pulsión destructiva siempre acecha, tanto dirigida a nosotros mismos como a los demás y nuestro alrededor; de hecho, la diferencia no es tan grande: cuando hacemos daño, nos hacemos daño y, cuando nos hacemos daño, hacemos daño. ¿Qué lleva a un humano a preferir la destrucción al cuidado? ¿Qué historia han vivido quienes, de hecho, han abandonado su humanidad?


«Todo es de los otros, salvo la pena de no tenerlo.» La pena de no tenerlo todo; la pena, de hecho, de no tener nada; creer que son los demás los que lo tienen todo; verse a uno mismo como la pura ausencia, carencia, vacío, abismo. Es una sensación subterránea; pocas veces nos damos cuenta de que la experimentamos. Vemos la abundancia en los demás sin darnos cuenta de que están tan henchidos de nada como nosotros mismos.


Subo al tren a las seis y media y llego a Maçanet-Massanes al cabo de una hora. Me quedo una hora esperando el tren en el que viene X y que nos llevará hasta Caldes de Malavella. Cuando el tren llega, se abren las compuertas y X se asoma; está en el último vagón; corro a subir.


Por la tarde, mientras X va a visitar a un tío suyo, voy al Espai Carmen Thyssen, donde hay una exposición bastante exhaustiva de un tal Josep Guinovart; teniendo el Thyssen de Madrid en mente, había imaginado algo más suculento; decepción. El espacio está ubicado en un antiguo monasterio benedictino; eso me interesa más: ora et labora, la regla.


En el sueño de anoche, me aseaba para ir a un evento importante; cuando me cepillaba los dientes, estos perdían su esmalte y empezaban a fundirse por efecto del roce con el cepillo, como formando una sola masa blanquecina. Creía que era una alucinación mía, pero entonces alguien entraba y me preguntaba: «¿Qué te pasa en los dientes?»


Voy hasta Burriac. Este verano ha sido extraña la semana que no subiera hasta aquí. Hago siempre el mismo trayecto, paso siempre por las mismas calles. Lo único que varía es la música que escucho por los auriculares. Aunque normalmente voy saltando de canción en canción, hoy decido ponerme una serie de títulos de los noventa seguidos: el EP Come To Daddy (1997) de Aphex Twin, Homogenic (1997) de Björk, Ray of Light (1998) de Madonna y Windowlicker (1999) de Aphex. Ray of Light claramente necesita tijeras, pero también tiene momentos de la mejor Madonna. Solo me falta escuchar Impossible Princess (1997) de Kylie Minogue para completar el recorrido de música noventera que en estos momentos me obsesiona.

4 de agosto de 2021

Mirar por primera vez. Diario 2021: 30 junio-4 agosto


Llevo los auriculares puestos, como siempre; alterno la música con algunos podcasts. Un podcast me interesa especialmente; hablan sobre la relación entre mujeres artistas y esoterismo y comentan los casos de Josefa Tolrà, Hilma af Klint… Los dibujos que Tolrà hacía muchas veces iban acompañados de textos enigmáticos, tanto en castellano como en catalán. 


X me recomendó que no creyera en los límites entre baja y alta cultura, que la inspiración también se puede encontrar en una revista del corazón. Entonces escribía. Todo eso se ha perdido. ¿Estaré a tiempo de recuperar algo de voluntad?


City Hall, de Frederick Wiseman. He visto un montón de pelis de este hombre, a lo largo de los años: Titicut Follies, también en la Filmoteca; National Gallery, creo que en los Boliche; Monrovia, Indiana, en los Zumzeig (...) Esta es la peli más larga: cuatro horas y media. Aguanté las dos primeras horas sin mirar el móvil. Luego una hora más. La última hora lo miré indiscriminadamente. Todo el tiempo que pase sin mirar el móvil es tiempo ganado. La concentración es un bien escaso; lo descubrí hacia los dieciséis años y lo he ido olvidando.


Todo termina tan pronto como empieza.


Algo innegable es que escribo: este diario es la prueba. La pregunta es si voy a escribir con una dirección, con un proyecto definido en mente. Eso es más improbable. Me encantaría hacerlo, pero ninguna idea se me presenta con la suficiente fuerza como para que decida dedicarle las cien o doscientas páginas que ocuparía un libro. ¿Pero qué interés tiene escribir libros? Gente que me cae mal los escribe. ¿No sería ese motivo suficiente como para negarse a ser escritor? Tal vez vivo de las fantasías de cuando era pequeño, del sueño capitalista de publicar mucho y ganar mucho.

¿Por qué tendría que escribir libros si lo último que deseo es la gloria? Este diario es lo único a lo que aspiro. Quisiera que fuera creciendo, que se desplegara. Que fuera un reflejo ficticio de mi consciencia, de mi memoria, ¿de mi alma? Que en él me encontrase a mí mismo con más verdad que la que encuentro cuando me miro en un espejo.


Voy caminando hasta la Fundació Mapfre, que ahora está al lado de la playa del Somorrostro. Exposiciones de fotos de Garry Winogrand y Nicholas Nixon; Winogrand alcanza un estilo singular al enfocar temas comunes como nadie más lo haría; Nixon retrata a su mujer y a sus hermanas a lo largo de cuarenta años y me hace ver que la repetición es imposible, que el tiempo es cambio y no puede haber ningún instante idéntico a otro. El tiempo es cambio y, sin cuidado, directamente es degeneración. ¿Aprenderé a ser un adulto? ¿Aprenderé a plantar cara a la decadencia?


Muchos de nuestros problemas provienen de la cobardía con que preferimos no decirle a la gente lo que pensamos de ella.


Vamos a pasear por la playa de Sant Simó, descalzos. Nos detenemos en un punto en que hay un tronco que nos sirve de banco; nos bebemos las cervezas que hemos comprado en un súper. X me habla de su trastorno psicótico; ha tenido dos brotes a lo largo de su vida y, si tuviera un tercero, le diagnosticarían esquizofrenia; ahora está bien y se medica, aunque estaba más tranquila cuando vivía en La Garrotxa o en Girona –Mataró, en comparación con el norte, es caos.


A las ocho, debo estar cogiendo el bus. Voy a pasar el finde a la Garrotxa junto a X. Antes pasamos por Girona y, en la Llibreria Geli, me compro el Diario 1887-1910 de André Gide. Lo empezó a escribir cuando tenía casi dieciocho años y lo acabó (¿o abandonó?) poco antes de morir. Una obra de vida o una vida para una obra. Por la tarde, vamos a unas pozas, las de la Vall de Bac.


X no se despierta hasta la hora de comer, a las dos. Para pasar el tiempo, leo el diario de Gide. «Cuántos anhelos, cuántos entusiasmos, cuánta sed puede tener un corazón que aún no sabe nada de la vida y que salta de impaciencia por precipitarse a ella», escribe a los dieciocho. Ya no estoy en ese punto. Ahora me debato entre afirmar que el resto de mi vida va a ser igual de mediocre que lo ha sido hasta el momento o creer que cada momento es único y que aún me falta mucho por ver. Visiones contrapuestas que dependen del ánimo de cada momento.


Confío en que este diario pueda ser el fermento para algo que vaya más allá.


He quedado con X delante del Museu del Disseny. Compramos dos entradas para las exposiciones temporales; visitamos la de sombreros de Balenciaga. Es una exposición concisa, selectiva, hecha desde la inteligencia. A X no le gusta la altura costura. Después, vamos caminando hasta Arc de Triomf, seguimos por Sant Pere Més Baix y bajamos por Via Laietana hasta la Barceloneta. X me muestra el espigón que hay detrás del hotel Vela; vendré mucho a este sitio, está claro. Luego regresamos al centro y tomamos unas cervezas en L’Ascensor; nunca había traído a X a este sitio; el rojo de los sofás, el amarillo de las luces, tenues.


Miro algunos vídeos sobre Tehching Hsieh, de quien me habló X hace meses. Hsieh es un artista contemporáneo; querría reflejar el paso del tiempo. Miro una entrevista suya en YouTube. Es un hombre sencillo, lleva el cabello rapado y tiene una mirada abierta. Sencillez, humildad, apertura. Ayer veía una conferencia de Pablo d’Ors en que hablaba de la identidad: esta no consiste en algo que construimos –como habitualmente la entendemos; la identidad es un desprendimiento, un desvelamiento. Uno es sí mismo cuando se desnuda; desnudarse es una acción primordialmente espiritual, no física.


Tengo mucho más por escuchar que por decir. Últimamente vuelvo a tomar consciencia de esto. Acallar la boca y la consciencia es necesario para que los demás puedan entrar en nosotros. El camino del vacío. Un camino que nunca se termina. Nunca se está lo suficientemente vacío.


Bajamos andando hasta una tienda de minerales que hay al lado de Plaça Sant Jaume y después vamos a L’Ascensor. Al salir, damos una vuelta por las Galeries Maldà y tomamos otra copa en Almirall. Le acompaño al McDonald’s de Ronda Universitat.


Quiero ver algo, pero quizá no Grace and Frankie, demasiado ligero. Me pongo un corto documental de Agnès Varda, sobre los habitantes que ha tenido una casa a lo largo de su historia. A los diez minutos ya he desconectado. Me pongo un capítulo de Grace and Frankie. Me voy a la cama.

29 de junio de 2021

Mirar por primera vez. Diario 2021: 25 mayo-29 junio


Esquirol presenta L’argent de poche (1976) de Truffaut. «La persona atenta es relaciona amb les coses anant cap al seu veïnatge.» Sus palabras me son más necesarias que nunca. Más allá de sus palabras, se muestra una vida ética. ¿Cómo avanzar hacia allí?


Vamos a los cines Zumzeig a ver Rizi (Days) (2020), dirigida por un taiwanés que se llama Tsai Ming-liang. Había leído un texto sobre esta peli que me había interesado; lo escribe Ángela Rodríguez, de la revista Mutaciones: «Aunque el agua abunda –en forma de lluvia incesante– el personaje sigue teniendo la necesidad de tener un vaso cerca, sigue teniendo sed. Según afirma Tsai Ming-liang, el agua simboliza la descompensación a la que nos enfrentamos constantemente. El agua es aquello que a veces puede ser abundante pero no lo que deseamos, por lo que los personajes siguen tratando de beber.» Nos cuesta ver la lluvia que nos rodea hasta que llega la sequía. Rizi es una peli sobre dos hombres, dos soledades que se funden momentáneamente, interesadamente. Una peli ardua cuanto a ritmo, pero creo que seguiré pensando en ella los próximos días.


Acabo de leer el libro de Vila-Matas que me ha tenido enganchado estos últimos días, Esta bruma insensata. Trata de un don nadie que se dedica a coleccionar citas y que tiene un hermano menor escritor, muy exitoso en los Estados Unidos. ¿En qué momento los escritores se dieron cuenta de que las historias protagonizadas por perdedores conseguirían conectar más con el lector que las protagonizadas por vencedores?


Delante del restaurante hay una fachada discreta con un cartel que me podría haber pasado desapercibido: «Aquí nació Rafael Estrany i Ros, pintor.» No me suena para nada. Lo busco en internet. Vírgenes, paisajes… Acuarela. Cuánto me gustaba pintar con acuarela cuando era pequeño. Prácticamente he abandonado todas las vías de expresión que tenía entonces. Tan solo me queda un débil vínculo con la escritura. ¿Hacia dónde me voy a encaminar? ¿Hacia una mayor pérdida de mí mismo? ¿Volveré a encontrar las cosas que me apasionen? Lo que más lamento es no sentirme tocado por nada, que nada me mueva.


Viajamos en vagones diferentes. El tren sale a las siete menos cuarto y llega a Madrid a las nueve y pico. En el trayecto, leo a Pessoa: «Mi alma es una orquesta oculta; no sé qué instrumentos tocan y churrían, cuerdas y arpas, timbales y tambores, dentro de mí. Solo me conozco como sinfonía.»


Por la mañana, le he dicho a X: «Estamos en momentos muy distintos de nuestras vidas.» Se frustra porque las oportunidades profesionales no le llegan mientras que lo último que yo hago es pensar en el mundo laboral.


Vamos al Thyssen, a ver la colección y la exposición que han dedicado a Georgia O’Keeffe. No sabía que su obra era tan heterogénea. Los cuadros urbanos me interesan especialmente: Hotel Shelton con manchas de sol o Calle de Nueva York con luna. Después vamos al Lázaro Galdiano, donde nunca había estado. Hay goyas y boscos de primerísima calidad. Compro algunas postales, como ayer en el Prado. Al salir, X está un poco mareada. Dice que volverá al apartamento en metro. Yo bajo caminando por el paseo de la Castellana.


Después, nos despedimos de su amiga y vamos al Gran Clavel a tomar un café. Este es uno de nuestros lugares estrella; ya vinimos la otra vez que viajamos juntos a Madrid; entonces el Gran Clavel era un lugar muy nuevo y nosotros habíamos vivido mucho menos.


Voy a Atocha. Cojo el tren a las nueve. En el trayecto, leo Biografía del silencio, de Pablo d’Ors. Llego a Sants a las doce menos cuarto.


«Ningún prójimo puede dar nunca esa seguridad radical que buscamos; no puede ni debe darla. El ser amado no está ahí para que uno no se pierda, sino para perderse juntos; para vivir en compañía la liberadora aventura de la perdición», escribe Pablo d’Ors. Hasta allí llegan las cosas.


Considera que el mundo del espectáculo es muy duro. No le falta razón. A mucha distancia estamos quienes ya hemos renunciado a hacer el más mínimo esfuerzo para prosperar. Nos sumimos en la capa de mediocridad reinante y esperamos que los días pasen rápido.


Nunca hay suficiente fuego, ni siquiera en una noche como esta. Verbena de San Juan. (...) Nos sentamos en el porche y tomamos una primera copa de vino mientras esperábamos a los demás.


La hostilidad es una sensación difusa; por eso, cuando alguien lo es de forma clara y visible, especificamos que es abiertamente hostil.


Sigo leyendo la biografía sobre Eugeni d’Ors que escribió Andreu Navarra. Ors le escribió a una amiga suya: «Tú sabes que yo tengo a Freud, después de todo y deducido lo que hay que deducir, por la más genial figura científica contemporánea.» Lo que para Freud es el inconsciente, para Ors seguramente es «el ángel que todo ser humano lleva dentro, inserto en su destino pero sentido como exterior por su consciencia.» Que aquello de incontrolable, de inalcanzable, que haya en nosotros sea un ángel.


He soñado toda la noche. Un sueño profundísimo del que ahora no consigo acordarme. Me gustaría que alguien dijera algo que me hiciera acordarme de qué he soñado. Tan vívido. Tan largo. La vida habría podido pasar a consistir en el mundo soñado.


El Cabaret Miau ha existido durante medio año. Ha sido algo mágico tanto para quienes lo hemos hecho como para quienes lo han visto. Me ha hecho pensar mucho en mi yo de trece años, que solo aspiraba a vivir dentro de una teatralidad así. Ahora las luces del retroproyector se apagan, también las velas de los candelabros, también los fluorescentes de colores.


Sigo leyendo la biografía sobre Ors. Fue un hombre sobre el que la sociedad de su momento fue volcando rencor; llegó un día, allá por 1920, que el cúmulo de rencor fue demasiado grande y lo defenestraron. Hace días dije que la figura de Ors me interesa por lo que tiene de peligro políticamente, como la de Heidegger. También me interesa por lo que tiene de paria. ¿Ors llegó a tener un hogar? ¿Su viajar dando conferencias por el mundo no fue más bien un errar? Decía que a Ors le interesaban los ángeles, la angelología. A mí también. Cada vez más. Para Ors, la sobreconsciencia era angelical; la consciencia, humana; la subconsciencia, animal. En realidad todo se mezcla y atraviesa.

24 de mayo de 2021

Mirar por primera vez. Diario 2021: 19 abril-24 mayo


Hacía meses que buscaba el peluche que compré en Londres, cuando el viaje de fin de curso de secundaria. No había forma de encontrarlo. Hoy, he colgado un abrigo más del perchero y se ha roto. Toda la ropa ha caído al suelo y, entre esta, ha aparecido el monito de Hamley’s. ¿Hace falta que las cosas se rompan para que encontremos lo que andábamos buscando? He perdido toda la mañana intentando clavar el nuevo perchero. Me gustan los ojos de este peluche. Mira las cosas con descaro.


«Cuando tenía tu edad, lo último que quería era tranquilidad», me dijo una de las últimas veces que hablamos. Hoy, quedo con X para tomar un café, lo que no es menos que un honor; es una persona que resultó decisiva para mí, tanto a la hora de escoger la carrera que quería hacer como, ahora, al pensar en el tipo de profe en que me querría convertir. La considero una maestra, alguien que con su forma de ser me ha mostrado que la degeneración no es el único curso que pueden tomar las cosas; también hay una posibilidad de salvación a través del humor y del conocimiento, aunque sea una posibilidad –como todas– provisional.


Le hablo de los proyectos que ahora mismo me ilusionan, ninguno de los cuales da dinero. Me habla de David Vilaseca, con quien estudió en la universidad. Los allegados de Vilaseca quieren mantener vivo su recuerdo, pero no a través del mero homenaje, sino haciendo algo con su obra, dándole vida. La narrativa de Vilaseca fue toda una revolución, para mí; Els homes i els dies me hizo ver la literatura como una vía de consuelo y desesperación al mismo tiempo, la escritura como un compañero a lo largo del camino; también debería decir que me acabó exasperando y que hasta cierto punto encontré insoportable a su narrador; lo que no hizo ese libro fue dejarme indiferente.


Después se proyecta L’Âge d’Or, que nunca había visto. ¿Cómo no? El encuentro con una pieza así es un flechazo, una revelación. Eleva. Toda la banalidad que recubre mis días parece desaparecer. La ilusión, desgraciadamente, solo dura sesenta minutos.


Salgo de Mataró con el bus de las doce; leo La vida sexual de Catherine M. Por la tarde, estreno del cabaret.


Escribir por las mañanas. Debería volver a hacerlo. Cada mañana es un comienzo único; llevo veintitrés años vivo, pero cada despertar es como empezar de nuevo. Asimismo, escribir ficción es un empezar; no hay nada preestablecido y el único límite es el que admiten las palabras. Despertar y escribir, empezar y empezar. Debería volver a escribir por las mañanas, para ir bien, para mirar las cosas por primera vez.


Soy un número más. Hay quienes, como yo, se quedan reducidos a un número y quieren salir de esa categoría. Todo es en vano. Todos vamos a parar al mismo lugar.


De Weerasethakul, me gustó mucho la típica: El Tío Boonme que recuerda sus vidas pasadas. Tropical Malady se divide en dos partes; la primera cuenta la historia de amor entre dos hombres y la segunda trata de un hombre al que un tigre persigue por la selva. La primera parte me interesa. La segunda es irritantemente contemplativa. De la parte de la historia amorosa me interesa su extrañeza. Los dos amantes están en el cine; uno pone su mano en la pierna del otro; el otro la aprisiona entre el juego y cierta violencia placentera. En otra escena, los amantes se empiezan a lamer los dedos de las manos. Se insinúa una infidelidad a través de un instructor de zumba de sonrisa inquietante. Debería volver a ver esta peli; se merece mi plena atención.


Como dice Catherine Millet, «me enfurecía no poder perfeccionar mis prestaciones sexuales, en principio ilimitadas, mediante una apariencia que no admitiera reservas.» Es exactamente eso. La belleza propia supone un placer directo para los ojos de los demás y es un placer indirecto para la satisfacción propia. No quiero ser bello; me conformo con rodearme de personas bellas. Desear es superior a ser deseado.


Debo salir del círculo.


Le propongo ir a ver la exposición que están dedicando a Joseph Beuys en La Virreina. Aunque ya sé que no le gustará, porque X abomina de casi todo lo que no sea clásico o figurativo, creo que enfrentarle con el tipo de arte que no le gusta también puede ser una oportunidad. Una oportunidad para mí, para ver cómo justifica su rechazo. Una oportunidad para él, porque lo que nos contraría a veces supone una invitación a la reflexión más clara que lo que nos place.


A eso de las nueve, regreso a casa. Estoy agotado, pero aún tengo el ánimo suficiente para ponerme los cuarenta y cinco primeros minutos de La pianista, de Michael Haneke. Quién fuera Isabelle Huppert.


Días de levantarme con cierto dolor de cabeza, como si dormir no lo curara todo. Si dormir fuese un talento… Dormir doce horas, ininterrumpidamente; no aspiro a más.


Voy a la Filmoteca a ver Jeanne et le garçon formidable (1998), de Olivier Ducastel y Jacques Martineau; no venía con expectativas e incluso esperaba encontrar una copia barata de Demy; el musical, sin embargo, me convence con creces; como en la peli que vine a ver el otro día, también de Ducastel y Martineau, el tema del VIH está muy presente a lo largo del metraje y resulta inquietante; uno de los protagonistas es Mathieu Demy, hijo de Jacques Demy, que precisamente murió de sida.


Regreso a casa. Acabo de ver La pianista, que no me provoca un impacto tan grande como Amor, pero contiene imágenes bellas.


Por la tarde, voy a visitar la exposición de Beuys de nuevo; me quedo horas mirando los vídeos en que Beuys habla, actúa, argumenta.


X me dice que una chica que me cayó bien en una fiesta va diciendo que soy un buscafama. Vuelvo a Mataró henchido de negatividad. Depredadores. La vida social como máscara. Asco.


Me suelta un rollo sobre política. Ahora, hablando conmigo, habla en verdad consigo mismo. A las nueve y pico me voy, tristísimo. Camino desolador hasta casa.

18 de abril de 2021

Mirar por primera vez. Diario 2021: 14 marzo-18 abril


¿Qué debe pensar de mí? ¿Debo haber decepcionado las expectativas que depositaba en mí? ¿Debo haber defraudado la imagen de filólogo riguroso que esperaba encontrar? Lo ignoro. La dulzura con que me hable me impide saberlo.


Después de comer, salgo para Burriac. Hacía semanas que no subía al castillo. Casi no encuentro a nadie por el camino. El castillo está desierto. Nunca me había pasado; suele haber gente de excursión o entrenando. Camino por él, por sus piedras, como si estuviera en casa. Sopla un fuerte viento.


Quizá el problema sea que mi vida no está amueblada. Vivo como desarraigado y, cuando encuentro la oportunidad de entregar toda mi afectividad, me vuelco en ello sin tan siquiera mirar a la persona que tengo delante. Es como inconsciente. Es una tontería. ¿Por qué me comporto así? ¿Por qué no temo hacer el ridículo?


El balance de gastos y ganancias de mi vida siempre acaba inclinándose por el lado de los gastos. Malgastar, de hecho. Un derroche. Tanto tiempo. Muchos lo merecerían infinitamente más. Desaparecer es tan difícil.


Cogemos unos cafés para llevar en Classic Coffee y bajamos a la playa. Hace algo de viento, pero es soportable. Llevamos unas chaquetas demasiado finas. Un nubarrón va tapando el sol cada pocos minutos, pero también hay momentos en que cae sobre nuestra piel; notamos cómo nos acaricia.


Un barco inundado de agua, un barco que no tiene el mar a su alrededor sino que lo tiene dentro de sí, que ya nació en el naufragio, que no puede dirigirse a ningún lado porque el agua que le ahoga impide cualquier resolución.


Deseo ciego que no distingue en qué se vuelca, solo sabe excederse. (...) desear es superior a sentirse deseado.


Abril canta. Su actuación es deslumbrante, te detiene el corazón. Al salir, la saludo. No sabe bien cuánto la admiro. Su entereza. Su claridad. Su manera de estar en el mundo, con solidez, seguridad, sencillez. Si estar cerca de personas inmensas fuese suficiente para convertirse en una de ellas, yo ya lo sería. Por mala suerte, me falta valentía. Siempre postergo la decisión de tener coraje y hacer lo que considero importante. Postergo la decisión y sigo con una vida disoluta.


Por la tarde, voy a Barcelona. Hay ensayo del Cabaret Miau. Antes de ir al búnker, paso por la biblioteca de mi facultad y recojo un par de libros de Reinaldo Arenas y Copi; luego voy a la librería Prole y compro un libro de imágenes de Tom de Finlandia. Serán referentes útiles para los textos que crearé para el cabaret. Llego al ensayo a las cinco y media.


Encuentro, en el trastero, un par de vírgenes que mi padre pintó cuando era un niño. Dice que son naíf; le digo que son infantiles, simplemente. Eso no quita que les note una gran fuerza. Pintó una de las vírgenes de perfil porque no había recibido clases y no sabía cómo pintarla de frente. Pintó la otra a imitación de una inmaculada concepción de Murillo que hay en el Prado. Están cubiertas de polvo.


Por la mañana, leo el libro de Pessoa. Hace gris, pero salgo a la terraza y, momentáneamente, las nubes se alejan del sol y dejan que sus rayos lleguen hasta mí; sonrío. «En lo más íntimo de lo que pensé nunca fui yo.» Quien accede a las profundidades del pensamiento no puede seguir siendo el mismo; de hecho, cobra consciencia de que no hay tal mismo, no hay identidad, o la hay en una medida tan mínima como la de la palabra sí. El sí del sí mismo es escueto, austero, sincero. No hay nada que quede más lejos de mi vida de ahora que las profundidades del pensamiento.


La sesión en la Filmoteca es a las cuatro. Ponen Dies d’agost, de Marc Recha. Le dije a X de venir, pero respondió: «Qué pretenciosa.» Anda y que le den. Aún no sé si se refería a que la peli parece pretenciosa o que yo lo soy. Dura una hora y media. Se me hace bastante dura. Trata de dos hermanos; hay la voz en off de su hermanastra; se bañan en un lago y viven sin preocupaciones hasta que uno de los dos desaparece; bueno, el otro acaba intuyendo dónde encontrarle. Una peli inofensiva, incolora, insustancial. ¿Debo ser yo quien no sabe encontrar su punto? Confiemos en que sea eso. Debería haber hecho caso a X.


Francesc me habla del cuplé y Raquel Meller o de Madame Arthur… Caminamos por el Raval hasta llegar a la Filmoteca a las siete y media. Vemos Salomé, una peli muda de 1923 que protagoniza Alla Nazimova, adapta el texto de Wilde y se inspira en las ilustraciones de Aubrey Beardsley. Creo que no tiene ritmo narrativo pero es visualmente poderosa. 


Ponen una peli de Chantal Akerman en el cine. El título es larguísimo: Jeanne Dielman, 23 Quai du Commerce, 1080 Bruxelles. Tres días en la vida de una ama de casa que se prostituye cuando su hijo se va al cole. Tres horas de peli. Ciento ochenta minutos en que lo que más desearía el espectador sería tener acceso a la consciencia de Jeanne, pero solo podemos ver la superficie de sus actos, gestos. Gestos banales. Preparar la cama, limpiar la bañera, hacer de niñera. Pedir un café en un café y dejarlo entero. Prepararse un café en casa y tirarlo porque sabe raro. Gestos. La vida va de eso, de gestos. Agrupamos algunos gestos y a eso lo llamamos sentido. Dice Bernardo Soares, el protagonista del Libro del desasosiego, que «las vidas humanas transcurren con la misma íntima inconsciencia que las vidas de los animales.» Jeanne Dielman lo suscribiría. Si nos quitamos la chatarra del lenguaje de encima, nada me distingue del gato de X, que se pasa el día durmiendo, encerrado en un cuarto; esa será su vida; esa será mi vida, aunque mi cuarto es algo mayor. Hablar de cine es una forma de hablar de uno mismo. Siempre hablamos de nosotros mismos.