20 de noviembre de 2021

Mirar por primera vez. Diario 2021: 16 octubre-20 noviembre


El café se enfría mientras escribo esto. Anoche me desinstalé las redes sociales del móvil; probablemente no tarde ni veinticuatros horas en volver a ponérmelas todas.


«En cuanto a las bromas, las palabras ociosas y todo lo que haga reír, lo condenamos a una eterna clausura en todo lugar y no permitimos que el discípulo abra su boca para tales expresiones.» Antes de acostarme, anoche, busqué en Google la regla de San Benito y leí algunas frases. Por la boca muere el pez. He conectado con X pero quizá debería ser más prudente a la hora de hablar. En la ligereza de nuestras conversaciones, a veces llego a decir cosas que nunca debería haber dicho. Es indigno de alguien que ama las palabras. Y, sin embargo, es esta frivolidad la que permite que se empiece a crear una intimidad entre personas.


La vida es diástole y sístole, dilatación y contracción. A veces nos expandimos y contoneamos como cortinas al viento y a veces solo queremos quedarnos encogidos, hechos una bolita. El momento de ahora es de una especial dilatación. Anoche charlaba animadamente, llegué a las dos y pico a casa, apenas leí nada. Dispersión, superficie. Quizá no me sintiera tan mal si tuviera una gravedad con la que compensar estos excesos livianos. El viernes, en un bar, X me lo comentaba: «¿Cómo pasar de la ligereza a la gravedad? ¿Cómo leer a Proust y luego irse a tomar unas birras? ¿Cómo operar esa transición?» A veces tengo la impresión de que lo que entendemos por profundo y ligero no son más que convenciones y que en verdad todo está en el mismo nivel. No lo sé. Al mismo tiempo me resisto a negar todo fundamento, toda esencia; tiene que haber algo fugitivo y permanente detrás de las apariencias corrientes –si no, la búsqueda en que consiste el arte no tendría sentido.


El problema que más me preocupa ahora es el de la atención. ¿Cómo mantener la atención? ¿Cuáles son sus condiciones? Siento que mi consciencia es un espejo de la dispersión y el exceso de la red. ¿Cómo volver a ser capaz de concentrarse? ¿Cuál es la disciplina que determina la concentración? Nada me queda más lejos que esos placeres.


Hay cosas a las que hoy he dicho sí que debería haber rechazado. Me entrego con demasiada gratuidad a la vida social. Se me impondría un retorno interior que ahora mismo no soy capaz de hacer.


Me vino bien llorar; me siento como cuando ha llovido a cántaros toda la noche y por la mañana el aire es fresco y agradable. En el trayecto de vuelta, empieza a diluviar y me tengo que cambiar de asiento en el bus porque se cuela agua por el techo. Llego a casa a las diez. Leo a Heidegger: «El problema de la certeza absoluta es sobre todo el problema fundamental de la filosofía moderna.» Me acuesto.


Hacía meses que tenía el escritorio de mi cuarto invadido por montones de libros. Los traslado a unas estanterías que han quedado vacías. Decenas de libros. Leo poquísimo, muy lento. Debería lanzar mi móvil por la ventana ahora mismo y centrarme en lo que realmente importa: escribir, leer, sentir, pensar. Las redes sociales son, en verdad, telarañas sociales. ¿Cómo acabar con su hechizo?


Destello bravío (2021), de Ainhoa Rodríguez; ambientada en Extremadura, sigue a una serie de mujeres con vidas anodinas y caracteres singulares que acaban elevándose a través de éxtasis sci-fi. A mi madre no le gusta, dice que no se siente representada por esa Extremadura. ¿Por qué cada uno no se representa a sí mismo? ¿Por qué no volver a la presentación propia en lugar de cabrearse porque todas las representaciones son falsas?


«Tenemos que encontrarnos a nosotros de modo que nos vinculemos con nuestra existencia y de modo que esto, el ser-ahí, se vuelva para nosotros lo único vinculante», escribe Heidegger. ¿Hay un peligro en el interior de esta orden? ¿Es un peligro menor al que encontraríamos si no le obedeciéramos? ¿Qué es peor, la jerga de la autenticidad y todo en lo que pueda degenerar o la vida inauténtica, inocua pero también incolora?

Noche muy fría.


En cierta forma, he sustituido la escritura por los demás. Ya no escribo, ahora hablo. Es como si no hubiera dejado de ser escritor, puesto que aún me manejo con las palabras, pero ahora no lo hago en escritos sino en conversaciones de café o bar.


Las redes son una carga: te obligan a saber de las vidas de personas con quienes ya no te tratas o que solo conoces de un día. Las redes son distractoras: te ponen delante vidas apetecibles que no tienen nada que ver con el suelo en el que se arraiga la tuya propia.


Al pasar por delante del Hard Rock Cafe de Plaça Catalunya, me fijo en la escultura de Minerva que hay en la fachada; la hizo Frederic Marès. Al pasar por el cruce de Gran Via y Rambla de Catalunya, me fijo en las esculturas de la rotonda, niñas a lomos de peces; también Marès las hizo.


Ahora estoy sobrio, solo, frío. Nada. Siempre se vuelve a la nada. Es el final de trayecto. Ojalá la nada fuese lo que nos esperase después de la muerte. Lo terrible es que nos espera tras cada intensidad, tras cada momento que habíamos creído lleno y que solo ha servido para hacer más patente el vacío posterior.


Euforia por haber hecho algo bien. Es como una primera hoja que brotase en en un yermo.


Intento leer un poco más a Heidegger pero ya no consigo concentrarme. Dice Heidegger: «el lenguaje no está sometido a la lógica en todo, sino que de la esencia del lenguaje y de los significados forma parte el ser inconsecuente, o, dicho de otro modo, que el lenguaje es algo que forma parte de la esencia de la finitud del hombre.» Puesto que somos finitos, tenemos el lenguaje; un lenguaje falible, inconsecuente. Me acuesto a las doce y media pasadas.


Paso por Passeig de Gràcia; levanto la mirada y me topo con la escultura que Marès hizo para La Unión y el Fénix: un hombre desnudo eleva un brazo hacia el cielo mientras dirige el otro hacia el ave en la que está montado –el hombre sometiendo la naturaleza a su voluntad. En Valencia, yendo para la Estació del Nord, vi otra reproducción de esta misma escultura, lo que hizo que perdiera potencia en mi imaginación. La majestuosidad de esa imagen tanto nos puede despertar admiración como parecernos ridícula; en cualquier caso, somos incapaces de ver el mundo como lo verían Marès y sus contemporáneos –¿y gracias?