31 de diciembre de 2021

Mirar por primera vez. Diario 2021: 27 diciembre-31 diciembre


Dedico el día entero a escribir sobre Sento una música dintre del cap (transformació d’un pensament borrós), obra de Marria Pratts que vi un sábado por la tarde, en el MACBA, al llegar al final de una exposición.


En la cena de Nochebuena, alguien dijo: «Los artistas que mueren jóvenes no entran en decadencia.» Mi forma de ver el mundo es casi opuesta. La belleza es la vejez. En catalán, las palabras coinciden: bellesa, vellesa. Para ver las cosas así hace falta cierta disposición. Mirar como por primera vez.


La primera vez que oí hablar de Marria Pratts fue en el programa Caràcter, en 2015; lo que primeramente me interesó fue la artista, y no su obra, si bien en ambas notaba un mismo gesto: el de desasimiento.


Una vida es un continuo; no hay tal cosa como un reinventarse; quien cree que ha empezado de nuevo simplemente está ignorando el pasado. Nunca sobra modestia. Los cambios son cuestión de días, no de instantes. Día, tras día, tras día. Una creación exige más paciencia y perseverancia que arrebatos geniales. Todo esto ya lo sabía. Lo que importa es re-cordarlo, es decir, volver a pasarlo por el corazón, sentirlo.


Los fantasmas son viejos conocidos del mundo de Pratts. A todos les une el hecho de tener los ojos y la boca abiertos de par en par, como profiriendo un grito visceral.


El título de este diario es infiel a cada uno de sus días: ¿he mirado por primera vez? Quizá la cuestión nunca ha sido mirar las cosas de un modo originario, esencial, sino remontarse más allá de todo origen y esencia. A principios de este año, leía en Levinas: «El problema consiste tan solo en preguntarse si el comienzo está al comienzo, … si no existe una anarquía que es más antigua que el comienzo y que la libertad.» ¿Pero la anarquía se puede habitar? Por peligrosas que sean las esencias, ¿no lo es más su falta? Cada pregunta que hago es un subterfugio. Quien pregunta no responde. Si algún día me atrevo a responder, no lo haré con elucubraciones; lo haré con la concreción de mis días. Cada palabra que escribo no pretende ser más que eso.

26 de diciembre de 2021

Mirar por primera vez. Diario 2021: 21 noviembre-26 diciembre


Así es mi forma de proceder en las redes sociales y a veces en la vida también: deformar conversaciones, tensar la naturalidad hasta que surge una situación amorfa y me apresuro a huir de ella. Ese es mi patrón. Todos mis días están cortados a su medida. Podría intentar romperlo, pero tengo miedo de que entonces me encuentre solo conmigo mismo.


No sé cuál es mi lugar. Podría buscarme rápidamente un trabajo como profe y fingir que he encontrado tal lugar; el tiempo pasaría y, quizá a los ochenta años, vería que he malgastado una vida a la que otro espermatozoide habría dado una utilidad. No encajo en el rompecabezas y no tengo excusa; todo estaba a mi favor, fui yo quien decidí reducirme a la inoperancia, a la muerte en vida.


Solo yo puedo hacerme cargo de la búsqueda de sentido. Lo mejor será que me busque un trabajo y que acabe cada día demasiado cansado como para preguntarme si realmente estoy haciendo lo que quiero hacer.


La realidad, lo terrenal, la claridad. Ayuno de basura y ruido. Basta de anestesias.


Acabo acostándome a las dos. Antes, le mando unos mensajes a X diciéndole que tengo miedo de tener miedo (y que la inseguridad me lleve a cagarla, como siempre) y de no tener miedo (y que, confiado, acabe metiéndome una hostia, como siempre).


Oír estas cosas proviniendo de una voz externa, una voz que se preocupa por mí, me lleva las lágrimas a los ojos y me resuelve a emprender un cambio.


Paso algunas entradas de este diario a ordenador. A principios de año, mi estado de ánimo era muy distinto. Estaba haciendo un máster de mierda. Me da algo de nostalgia pensar que entonces aún no había vivido todo lo que he pasado a lo largo del año, tanto lo bueno como lo malo. Era, por decirlo así, un fruto un poco más verde. ¿Cuándo nos marchitamos?


En Le mépris, Michel Piccoli le dice a Brigitte Bardot: «Tengo la sensación de que es la primera vez que te veo.» Si creí que este diario era una oportunidad para volver a mirar por primera vez, el paso de los días solo ha demostrado que la mirada está sucia y no hace más que deteriorarse. La voluntad no vale nada sin constancia.


El avión tenía que despegar a las seis y media, pero se retrasa unos minutos porque una mujer se marea y vomita.


En el Orsay: Manet, los nabis, Rousseau, Renoir, exposición sobre Constantin Guys. Por la tarde, vamos al Musée des Arts Décoratifs a ver una exposición sobre Mugler. Cenamos en el ramen Sapporo y tomamos una copa en La Perle, donde un Galliano pasadísimo de vueltas soltó a unos desconocidos: «I love Hitler.» Fue en 2011, hace justo una década. Ese mismo año, Lars von Trier dijo en Cannes: «I understand Hitler.» A personajes de esta estatura se les debería exigir polémicas más sofisticadas. Dos escándalos que han quedado en el olvido –cuando no son recordados como anécdotas entrañables– mientras sus protagonistas siguen donde estaban; nimiedades para alimentar los medios de comunicación.


Vamos a la exposición de Martin Margiela que hay en Lafayette Anticipations; como se dice en una cartela, sus obsesiones son «cheveux et épiderme frôlant l’abstraction comme autant de traces du passage du temps», «disparition», «la vie d’un objet ou d’un être n’est jamais terminée, il est toujours en mutation, prompt à une multitude de renaissances», «la beauté et la poésie du vulnérable, de la fragilité et de la fugacité», «l’anodin et le trivial»…


Tomamos el metro en Hôtel de Ville. Un hombre habla solo, sentado en una silla del andén. Abrigo azul eléctrico, bufanda y boina. El metro llega y no lo coge.


Vamos al Centre Pompidou. Un museo de arte contemporáneo que es como un parque de atracciones para niños. Siempre será mejor algo así que el MACBA, un museo de arte contemporáneo que es como un hospital. Exposición de Baselitz. Colección propia: Chagall, Dubuffet, Warhol… Exposición del diseñador de producto Ettore Sottsass: «Devo pensare di più per sapere di meno.» En la tienda del museo, me compro un libro sobre Pierre Soulages.


Pasamos por delante del Club Silencio de David Lynch; en la puerta hay un hombre fumando; esperamos a que se acabe el piti, a ver si entonces abre la puerta del club y entrevemos el interior; sin embargo, se acaba el piti y saca otro; desistimos.


En Lo abierto. El hombre y el animal, Agamben cita a Benjamin: «La satisfacción sexual libera al hombre de su misterio, que no reside en la sexualidad, pero que en su satisfacción, y quizá solo en ella, es truncado, no resuelto.» … Aunque la satisfacción sexual no equivalga a la saciedad absoluta, es cierto que, si se observa el orgasmo como el fin último, cuando este se alcanza no hay nada más que decir o hacer. Conviene preservar el misterio para que las cosas se revelen en su dimensión infinita, y no en la instrumental.


Hoy tampoco consigo ponerme con la crítica de arte que debo escribir. Como siempre, quedará para el último día. No pasa nada. Tampoco me serviría de nada sacar una buena nota para acceder a un doctorado; haría el doctorado y me moriría de hambre. Avanzar es imposible.


«Bueno, ¿y no te gusta que ahora esté recibiendo su merecido?», me preguntó. Le miré sorprendido. ¿Cómo iba a alegrarme porque a alguien le fueran mal las cosas? No le deseo el mal ni a quien me lo desearía a mí. A mis enemigos les ignoro, no les puteo. Ya hay suficientes cosas rotas en este mundo; no hace falta añadir leña al fuego con pasiones bajas y gestos despreciables.


Por la noche, no consigo dormirme hasta las tres y pico. Me vienen a la mente algunas personas espantosas que he conocido este año. Se me presentan como pesadillas, lejanas; parece que las pudiera expulsar de mi vida con tan solo despertar.


Pasando este diario a ordenador, me doy cuenta de que en él hablo demasiado de las cosas que no me gustan. Esta sería una buena orientación creativa para el próximo diario y quizá también para la propia actividad de la consciencia: dirigir la mirada hacia lo que me fascina, y no hacia lo que aborrezco –por más que lo que aborrezco también tome una porción elevada de mi tiempo.

Cuando decido qué fragmentos de este diario colgar en las redes, actúo como mi propio censor. Un diario, que reflejaría la intimidad, acaba siendo lo más alejado a esta; mera construcción de una máscara. Una de tantas.