«Vivimos con la misma inconsciencia que los animales, del mismo modo fútil e inútil, y si presentimos la muerte, que es de suponer, sin que tenga por ello que ser cierto, que ellos no presienten, la presentimos a través de tantos olvidos, de tantas distracciones y desvíos, que casi no podemos decir que pensemos en ella.» (Pessoa, Libro del desasosiego). En esta obra es clave la idea de que «la inconsciencia es el fundamento de la vida», pero, en este momento concreto, aún destaca más el presentimiento de la muerte. ¿Podemos ser profundamente conscientes de nuestra finitud? A los dieciocho, estaba más ejercitado en el arte de pensar que todo terminaría un día u otro. De allí sacaba la fuerza de mi carácter. Me alejé de ese territorio y, ahora, pensar que un día moriré no me suscita ninguna sensación, lo que significa que no lo estoy pensando de verdad.
Diástole y sístole. Esa forma deberían cobrar las páginas de este diario.
Vamos al Parc Samà, que X me quería mostrar; es un jardín botánico, con un lago y un palacete; fue construido entre 1881 y 1887 como casa de verano para una familia de indianos, los marqueses de Marianao. Luego nos dirigimos a Riudecanyes; el gato de X me tiene miedo; damos una vuelta por el pantano; cenamos en casa; cerveza en el bar del pantano.
Salimos para la Ermita de la Mare de Déu de la Roca. Mont-roig fue fundamental para Miró; me siento agradecido de estar aquí ahora. Copio de Internet: «El bello paraje de La Roca dio lugar a un cuadro de clara influencia cézanniana: Mont-roig, Sant Ramon (1916).» El difícil equilibrio de la ermita sobre el peñasco rojo. Me guardo una piedra en la bolsa. Hace un sol de justicia. Subimos a través de distintas rocas. Hay excursionistas, pero no demasiados.
Volvemos al Petit Vegan; si ayer comimos un sándwich de sobrasada vegetal (X) y una hamburguesa de heura (yo), hoy cogemos unos nuggets para picar, un bocadillo de calamares (X) y una hamburguesa llamada cuarto de libra de Linda McCartney (yo). Me encantan las hamburguesas, todo un cosmos entre dos panes.
Mi pudor ha sido mayor que mi gula, esto no se puede tolerar.
Poco a poco, me acerco al final del Libro del desasosiego. Ha sido una lectura lenta. Dice Bernardo Soares: «El hombre no debe ver su propia cara. (...) El inventor del espejo envenenó el alma de los hombres.» El rostro, la «ignonimia del verse», el veneno del alma… El desasosiego como escapatoria del ego hipertrófico moderno. Pessoa es del siglo pasado pero nos avanza en las cuestiones más esenciales.
Luego vuelvo a ver Ne croyez surtout pas que je hurle (2919), de Frank Beauvais, que ya vi hace meses y me tocó. Viene a ser un diario fílmico, personal, del director. ¿Cuáles son las trampas del género del diario? Dice Beauvais: «El cliché, el narcisismo, el orgullo, la deshonestidad, la autocompasión.» ¿Habré caído en todas? Me interesa el relato que hace la voz en off de su relación distante con su padre, del aislamiento, de una cotidianidad llena de gestos rituales, el arte como último refugio…
Me atan una cinta de plástico en el brazo; solo desvío la mirada en el momento en que la aguja traviesa mi piel; seguidamente, vuelvo a mirar hacia mi brazo, hacia el tubo que se va llenando de un rojo escarlata, casi con brillantina.
Quizá una de las capacidades que he ido perdiendo estos últimos años sea la de observarme desde fuera. Estar siempre dentro de uno mismo, del ego que nos hemos construido, puede resultar asfixiante. Escribe Pessoa: «No tengo adónde huir, a no ser que huya de mí mismo.» La huida de uno mismo como remedio ignorado, la distancia como estrategia de la inteligencia. ¿Cómo volver allí?
Nuestra capacidad para hacer daño a quienes queremos es inmensa. «Aquesta cosa tan fràgil que és una vida, tan difícil de fer-la anar equilibrada fins a l’acabament.» La pulsión destructiva siempre acecha, tanto dirigida a nosotros mismos como a los demás y nuestro alrededor; de hecho, la diferencia no es tan grande: cuando hacemos daño, nos hacemos daño y, cuando nos hacemos daño, hacemos daño. ¿Qué lleva a un humano a preferir la destrucción al cuidado? ¿Qué historia han vivido quienes, de hecho, han abandonado su humanidad?
«Todo es de los otros, salvo la pena de no tenerlo.» La pena de no tenerlo todo; la pena, de hecho, de no tener nada; creer que son los demás los que lo tienen todo; verse a uno mismo como la pura ausencia, carencia, vacío, abismo. Es una sensación subterránea; pocas veces nos damos cuenta de que la experimentamos. Vemos la abundancia en los demás sin darnos cuenta de que están tan henchidos de nada como nosotros mismos.
Subo al tren a las seis y media y llego a Maçanet-Massanes al cabo de una hora. Me quedo una hora esperando el tren en el que viene X y que nos llevará hasta Caldes de Malavella. Cuando el tren llega, se abren las compuertas y X se asoma; está en el último vagón; corro a subir.
Por la tarde, mientras X va a visitar a un tío suyo, voy al Espai Carmen Thyssen, donde hay una exposición bastante exhaustiva de un tal Josep Guinovart; teniendo el Thyssen de Madrid en mente, había imaginado algo más suculento; decepción. El espacio está ubicado en un antiguo monasterio benedictino; eso me interesa más: ora et labora, la regla.
En el sueño de anoche, me aseaba para ir a un evento importante; cuando me cepillaba los dientes, estos perdían su esmalte y empezaban a fundirse por efecto del roce con el cepillo, como formando una sola masa blanquecina. Creía que era una alucinación mía, pero entonces alguien entraba y me preguntaba: «¿Qué te pasa en los dientes?»
Voy hasta Burriac. Este verano ha sido extraña la semana que no subiera hasta aquí. Hago siempre el mismo trayecto, paso siempre por las mismas calles. Lo único que varía es la música que escucho por los auriculares. Aunque normalmente voy saltando de canción en canción, hoy decido ponerme una serie de títulos de los noventa seguidos: el EP Come To Daddy (1997) de Aphex Twin, Homogenic (1997) de Björk, Ray of Light (1998) de Madonna y Windowlicker (1999) de Aphex. Ray of Light claramente necesita tijeras, pero también tiene momentos de la mejor Madonna. Solo me falta escuchar Impossible Princess (1997) de Kylie Minogue para completar el recorrido de música noventera que en estos momentos me obsesiona.