¿Qué debe pensar de mí? ¿Debo haber decepcionado las expectativas que depositaba en mí? ¿Debo haber defraudado la imagen de filólogo riguroso que esperaba encontrar? Lo ignoro. La dulzura con que me hable me impide saberlo.
Después de comer, salgo para Burriac. Hacía semanas que no subía al castillo. Casi no encuentro a nadie por el camino. El castillo está desierto. Nunca me había pasado; suele haber gente de excursión o entrenando. Camino por él, por sus piedras, como si estuviera en casa. Sopla un fuerte viento.
Quizá el problema sea que mi vida no está amueblada. Vivo como desarraigado y, cuando encuentro la oportunidad de entregar toda mi afectividad, me vuelco en ello sin tan siquiera mirar a la persona que tengo delante. Es como inconsciente. Es una tontería. ¿Por qué me comporto así? ¿Por qué no temo hacer el ridículo?
El balance de gastos y ganancias de mi vida siempre acaba inclinándose por el lado de los gastos. Malgastar, de hecho. Un derroche. Tanto tiempo. Muchos lo merecerían infinitamente más. Desaparecer es tan difícil.
Cogemos unos cafés para llevar en Classic Coffee y bajamos a la playa. Hace algo de viento, pero es soportable. Llevamos unas chaquetas demasiado finas. Un nubarrón va tapando el sol cada pocos minutos, pero también hay momentos en que cae sobre nuestra piel; notamos cómo nos acaricia.
Un barco inundado de agua, un barco que no tiene el mar a su alrededor sino que lo tiene dentro de sí, que ya nació en el naufragio, que no puede dirigirse a ningún lado porque el agua que le ahoga impide cualquier resolución.
Deseo ciego que no distingue en qué se vuelca, solo sabe excederse. (...) desear es superior a sentirse deseado.
Abril canta. Su actuación es deslumbrante, te detiene el corazón. Al salir, la saludo. No sabe bien cuánto la admiro. Su entereza. Su claridad. Su manera de estar en el mundo, con solidez, seguridad, sencillez. Si estar cerca de personas inmensas fuese suficiente para convertirse en una de ellas, yo ya lo sería. Por mala suerte, me falta valentía. Siempre postergo la decisión de tener coraje y hacer lo que considero importante. Postergo la decisión y sigo con una vida disoluta.
Por la tarde, voy a Barcelona. Hay ensayo del Cabaret Miau. Antes de ir al búnker, paso por la biblioteca de mi facultad y recojo un par de libros de Reinaldo Arenas y Copi; luego voy a la librería Prole y compro un libro de imágenes de Tom de Finlandia. Serán referentes útiles para los textos que crearé para el cabaret. Llego al ensayo a las cinco y media.
Encuentro, en el trastero, un par de vírgenes que mi padre pintó cuando era un niño. Dice que son naíf; le digo que son infantiles, simplemente. Eso no quita que les note una gran fuerza. Pintó una de las vírgenes de perfil porque no había recibido clases y no sabía cómo pintarla de frente. Pintó la otra a imitación de una inmaculada concepción de Murillo que hay en el Prado. Están cubiertas de polvo.
Por la mañana, leo el libro de Pessoa. Hace gris, pero salgo a la terraza y, momentáneamente, las nubes se alejan del sol y dejan que sus rayos lleguen hasta mí; sonrío. «En lo más íntimo de lo que pensé nunca fui yo.» Quien accede a las profundidades del pensamiento no puede seguir siendo el mismo; de hecho, cobra consciencia de que no hay tal mismo, no hay identidad, o la hay en una medida tan mínima como la de la palabra sí. El sí del sí mismo es escueto, austero, sincero. No hay nada que quede más lejos de mi vida de ahora que las profundidades del pensamiento.
La sesión en la Filmoteca es a las cuatro. Ponen Dies d’agost, de Marc Recha. Le dije a X de venir, pero respondió: «Qué pretenciosa.» Anda y que le den. Aún no sé si se refería a que la peli parece pretenciosa o que yo lo soy. Dura una hora y media. Se me hace bastante dura. Trata de dos hermanos; hay la voz en off de su hermanastra; se bañan en un lago y viven sin preocupaciones hasta que uno de los dos desaparece; bueno, el otro acaba intuyendo dónde encontrarle. Una peli inofensiva, incolora, insustancial. ¿Debo ser yo quien no sabe encontrar su punto? Confiemos en que sea eso. Debería haber hecho caso a X.
Francesc me habla del cuplé y Raquel Meller o de Madame Arthur… Caminamos por el Raval hasta llegar a la Filmoteca a las siete y media. Vemos Salomé, una peli muda de 1923 que protagoniza Alla Nazimova, adapta el texto de Wilde y se inspira en las ilustraciones de Aubrey Beardsley. Creo que no tiene ritmo narrativo pero es visualmente poderosa.
Ponen una peli de Chantal Akerman en el cine. El título es larguísimo: Jeanne Dielman, 23 Quai du Commerce, 1080 Bruxelles. Tres días en la vida de una ama de casa que se prostituye cuando su hijo se va al cole. Tres horas de peli. Ciento ochenta minutos en que lo que más desearía el espectador sería tener acceso a la consciencia de Jeanne, pero solo podemos ver la superficie de sus actos, gestos. Gestos banales. Preparar la cama, limpiar la bañera, hacer de niñera. Pedir un café en un café y dejarlo entero. Prepararse un café en casa y tirarlo porque sabe raro. Gestos. La vida va de eso, de gestos. Agrupamos algunos gestos y a eso lo llamamos sentido. Dice Bernardo Soares, el protagonista del Libro del desasosiego, que «las vidas humanas transcurren con la misma íntima inconsciencia que las vidas de los animales.» Jeanne Dielman lo suscribiría. Si nos quitamos la chatarra del lenguaje de encima, nada me distingue del gato de X, que se pasa el día durmiendo, encerrado en un cuarto; esa será su vida; esa será mi vida, aunque mi cuarto es algo mayor. Hablar de cine es una forma de hablar de uno mismo. Siempre hablamos de nosotros mismos.