Distinguir el exterior del interior no conlleva definir un interior hermético, frío. Es difícil separar el interior del exterior, pero a veces conviene hacerlo. A veces conviene ver que hay actitudes a las que solo se puede llegar a través de la soledad y que en el exterior hay elementos erosionadores que dificultan la serenidad y la concentración. Nos encontramos a nosotros mismos cuando estamos con los demás, pero a este gesto le tiene que preceder un cuidado de sí, un saber estar solo con la única compañía de un libro. No creo que esté en ese punto.
Me cuesta concentrarme, leer, estar solo. En seguida me disperso con el móvil, mantengo conversaciones sin ningún interés que evitan que afronte los hechos. Los hechos son que mi atención ha sido dinamitada, que la pandemia era una ocasión para replegarme sobre mí que estoy desaprovechando, que ni escribo ni leo cuando creía que eso era lo que volvía la vida más intensa.
No cuento con la posibilidad de huir. Debo acarar esta realidad, darle una respuesta.
La poca seguridad que tengo en mí mismo repercute negativamente en mi relación con los demás. Esta inseguridad se traduce en timidez, en gestos de desconfianza incluso respecto a gente que me es próxima, en negligencia… No sé cómo ponerle fin. Me parece que, en el fondo, no quiero dejar de ser inseguro. Ser inseguro es cómodo. Algún día tengo que mirarme en el espejo y romperlo de un cabezazo. No hay otra. Estoy inundado de ego. Es asfixiante. Para poder estar bien con los demás y conmigo, tengo que dejar de verme a mí mismo en cada cosa que hago y empezar a ver las cosas mismas. Eso me reprochó X: que era un narciso. Dijo que solo escribiría bien cuando dejase de serlo. Han pasado ya dos o tres años desde que me lo dijo y sus palabras siguen teniendo una vigencia preocupante. ¿Es que no voy a crecer?
Facilidad inmensa para dispersarme. Para perderme. Romperme en pedazos y no saber cómo juntarlos de nuevo. Incluso no saber si alguna vez estuvieron juntos. Ya me rompí al nacer. La escisión tuvo lugar el día que descubrí que estaba vivo.
Nos reunimos y hablamos de Conxita Prim, quien fue su primera profe de piano. Fue una mujer extravagante, conocida por casi todo Mataró por su forma de vestir y comportarse. No debía ser tanta la gente que la conociera realmente. ¿Pero ver a alguien no es ya conocerlo en toda su realidad? Ser es ser visto. ¿La forma en que Prim aparecía ante la gente no era su forma de ser? Que las cosas son como se nos aparecen es un mensaje que se relaciona con la fenomenología. Debo investigar en esa dirección. X me ve resuelto a escribir alguna cosa sobre Conxita. Nos acabamos despidiendo un poco antes de las diez, delante del Teatre Monumental.
Quizá estos tiempos sean una ocasión para que todos miremos por primera vez.
Tengo tendencia a dejar las cosas sin terminar. Llegar al final de lo que nos proponemos hacer es, a veces, más que necesario. Aunque ese final no signifique que estemos satisfechos con el resultado, aunque haya puntos del proceso en que nos hayamos equivocado. Terminar pelis, libros, cosas que escribimos. Lo más poderoso está en el comienzo, en el hecho de que las personas seamos capaces de empezar, de dar cabida a algo. Los finales, por otro lado, hacen que nuestras creaciones cobren una entidad. Ver que algo que has creado ha alcanzado tal entidad es fundamental para la confianza en uno mismo, aunque los finales siempre sean artificiales –como se pregunta Levinas, «¿no es la interrupción el único final posible?»
Acabo de ver La peau douce, de Truffaut, que empecé anoche. (...) En ocasiones solo vemos las siluetas de los actores. La oscuridad, en la realidad, lo iguala todo; en el cine, no. En el cine, incluso la oscuridad, acompañada de sonidos ininteligibles, se significa y resignifica. Paradoja: la oscuridad del cine tan solo es posible gracias a la luz de la pantalla; la condición de posibilidad de la oscuridad es la luz –¿y al revés?
A las siete, me conecto a una conferencia telemática que da Josep Maria Esquirol. Su nuevo libro saldrá dentro de muy poco. Empieza comentando que el pensar es un camino y que este camino no es lineal, sino que es lento y siempre el mismo. «El método es tanto el ‘camino’ mismo como la manera de recorrerlo.» Y se refiere a su método: el lenguaje coloquial, la atención a elementos cotidianos, el movimiento reflexivo… Inmersos en unos tiempos de teorías que lo intentan explicar todo, propone regresar a la epojé, al desprendimiento socrático, a la lección de que sobre lo más profundo sabemos muy poco. A pesar de que esta conferencia la vea y escuche mediada por una fría pantalla, al final incluso me entran ganas de llorar.
¿Quién vive de la genialidad? Más vale abandonar lo que asfixia, lo que oprime. Sin embargo, X no ve una alternativa a la crueldad del mundo del espectáculo. No se plantea ir por su cuenta, salir de todo esto y buscar un lugar en el que establecer ella misma las reglas del juego. ¿Salir del sistema es lo mismo que salir de la existencia? ¿La vida es posible más allá de las redes que ya se habían tejido antes de que viniéramos al mundo y nos enzarzáramos en ellas? Después de comer, tomamos un café y nos despedimos en Plaça Catalunya.
Era como si dentro de mí hubiese un gran fuego, luego hubiese una capa de piel interna gélida y luego la capa de piel superficial, ardiente. No sabía dónde estaba cada parte de mi cuerpo; me hacía consciente de una pierna, de una mano, de cada parte de mí que ni parecía encontrar su sitio en esa cama ni en ningún lado. Pasaron las horas.
El nuevo libro de Josep Maria Esquirol tenía que salir el miércoles, pero lo veo ya en el escaparate de La Central del Carrer Mallorca y entro a comprarlo. Ni siquiera lo hojeo. Lo cojo y me dirijo maquinalmente a caja. Me pone contento que publique algo nuevo, aunque a la vez me pregunto si no estaré creyendo en su filosofía de un modo demasiado ciego.