4 de agosto de 2021

Mirar por primera vez. Diario 2021: 30 junio-4 agosto


Llevo los auriculares puestos, como siempre; alterno la música con algunos podcasts. Un podcast me interesa especialmente; hablan sobre la relación entre mujeres artistas y esoterismo y comentan los casos de Josefa Tolrà, Hilma af Klint… Los dibujos que Tolrà hacía muchas veces iban acompañados de textos enigmáticos, tanto en castellano como en catalán. 


X me recomendó que no creyera en los límites entre baja y alta cultura, que la inspiración también se puede encontrar en una revista del corazón. Entonces escribía. Todo eso se ha perdido. ¿Estaré a tiempo de recuperar algo de voluntad?


City Hall, de Frederick Wiseman. He visto un montón de pelis de este hombre, a lo largo de los años: Titicut Follies, también en la Filmoteca; National Gallery, creo que en los Boliche; Monrovia, Indiana, en los Zumzeig (...) Esta es la peli más larga: cuatro horas y media. Aguanté las dos primeras horas sin mirar el móvil. Luego una hora más. La última hora lo miré indiscriminadamente. Todo el tiempo que pase sin mirar el móvil es tiempo ganado. La concentración es un bien escaso; lo descubrí hacia los dieciséis años y lo he ido olvidando.


Todo termina tan pronto como empieza.


Algo innegable es que escribo: este diario es la prueba. La pregunta es si voy a escribir con una dirección, con un proyecto definido en mente. Eso es más improbable. Me encantaría hacerlo, pero ninguna idea se me presenta con la suficiente fuerza como para que decida dedicarle las cien o doscientas páginas que ocuparía un libro. ¿Pero qué interés tiene escribir libros? Gente que me cae mal los escribe. ¿No sería ese motivo suficiente como para negarse a ser escritor? Tal vez vivo de las fantasías de cuando era pequeño, del sueño capitalista de publicar mucho y ganar mucho.

¿Por qué tendría que escribir libros si lo último que deseo es la gloria? Este diario es lo único a lo que aspiro. Quisiera que fuera creciendo, que se desplegara. Que fuera un reflejo ficticio de mi consciencia, de mi memoria, ¿de mi alma? Que en él me encontrase a mí mismo con más verdad que la que encuentro cuando me miro en un espejo.


Voy caminando hasta la Fundació Mapfre, que ahora está al lado de la playa del Somorrostro. Exposiciones de fotos de Garry Winogrand y Nicholas Nixon; Winogrand alcanza un estilo singular al enfocar temas comunes como nadie más lo haría; Nixon retrata a su mujer y a sus hermanas a lo largo de cuarenta años y me hace ver que la repetición es imposible, que el tiempo es cambio y no puede haber ningún instante idéntico a otro. El tiempo es cambio y, sin cuidado, directamente es degeneración. ¿Aprenderé a ser un adulto? ¿Aprenderé a plantar cara a la decadencia?


Muchos de nuestros problemas provienen de la cobardía con que preferimos no decirle a la gente lo que pensamos de ella.


Vamos a pasear por la playa de Sant Simó, descalzos. Nos detenemos en un punto en que hay un tronco que nos sirve de banco; nos bebemos las cervezas que hemos comprado en un súper. X me habla de su trastorno psicótico; ha tenido dos brotes a lo largo de su vida y, si tuviera un tercero, le diagnosticarían esquizofrenia; ahora está bien y se medica, aunque estaba más tranquila cuando vivía en La Garrotxa o en Girona –Mataró, en comparación con el norte, es caos.


A las ocho, debo estar cogiendo el bus. Voy a pasar el finde a la Garrotxa junto a X. Antes pasamos por Girona y, en la Llibreria Geli, me compro el Diario 1887-1910 de André Gide. Lo empezó a escribir cuando tenía casi dieciocho años y lo acabó (¿o abandonó?) poco antes de morir. Una obra de vida o una vida para una obra. Por la tarde, vamos a unas pozas, las de la Vall de Bac.


X no se despierta hasta la hora de comer, a las dos. Para pasar el tiempo, leo el diario de Gide. «Cuántos anhelos, cuántos entusiasmos, cuánta sed puede tener un corazón que aún no sabe nada de la vida y que salta de impaciencia por precipitarse a ella», escribe a los dieciocho. Ya no estoy en ese punto. Ahora me debato entre afirmar que el resto de mi vida va a ser igual de mediocre que lo ha sido hasta el momento o creer que cada momento es único y que aún me falta mucho por ver. Visiones contrapuestas que dependen del ánimo de cada momento.


Confío en que este diario pueda ser el fermento para algo que vaya más allá.


He quedado con X delante del Museu del Disseny. Compramos dos entradas para las exposiciones temporales; visitamos la de sombreros de Balenciaga. Es una exposición concisa, selectiva, hecha desde la inteligencia. A X no le gusta la altura costura. Después, vamos caminando hasta Arc de Triomf, seguimos por Sant Pere Més Baix y bajamos por Via Laietana hasta la Barceloneta. X me muestra el espigón que hay detrás del hotel Vela; vendré mucho a este sitio, está claro. Luego regresamos al centro y tomamos unas cervezas en L’Ascensor; nunca había traído a X a este sitio; el rojo de los sofás, el amarillo de las luces, tenues.


Miro algunos vídeos sobre Tehching Hsieh, de quien me habló X hace meses. Hsieh es un artista contemporáneo; querría reflejar el paso del tiempo. Miro una entrevista suya en YouTube. Es un hombre sencillo, lleva el cabello rapado y tiene una mirada abierta. Sencillez, humildad, apertura. Ayer veía una conferencia de Pablo d’Ors en que hablaba de la identidad: esta no consiste en algo que construimos –como habitualmente la entendemos; la identidad es un desprendimiento, un desvelamiento. Uno es sí mismo cuando se desnuda; desnudarse es una acción primordialmente espiritual, no física.


Tengo mucho más por escuchar que por decir. Últimamente vuelvo a tomar consciencia de esto. Acallar la boca y la consciencia es necesario para que los demás puedan entrar en nosotros. El camino del vacío. Un camino que nunca se termina. Nunca se está lo suficientemente vacío.


Bajamos andando hasta una tienda de minerales que hay al lado de Plaça Sant Jaume y después vamos a L’Ascensor. Al salir, damos una vuelta por las Galeries Maldà y tomamos otra copa en Almirall. Le acompaño al McDonald’s de Ronda Universitat.


Quiero ver algo, pero quizá no Grace and Frankie, demasiado ligero. Me pongo un corto documental de Agnès Varda, sobre los habitantes que ha tenido una casa a lo largo de su historia. A los diez minutos ya he desconectado. Me pongo un capítulo de Grace and Frankie. Me voy a la cama.