30 de junio de 2025

Inteligencia es sensibilidad. Junio 2025


61. Inteligencia es sensibilidad. Es capacidad de quedar afectado. Es dejarse marcar por lo que te rodea, por lo que ocurre. No hay un tipo de inteligencia que se encierre sobre sí misma sino que toda inteligencia se vuelca al mundo; se cose a su exterioridad como dos tejidos de la misma prenda.


62. Me libro a la inactividad como si nada.


63. Antes de que M se despierte, P y yo vamos a comprar el desayuno a una panadería de Platja d’Aro. Luego, a media mañana, vamos a la playa principal de S’Agaró, con vistas al hotel La Gavina, y permanezco debajo de la sombrilla, hojeando la lectura que M se trajo para estos días (Fuego en la garganta, de Beatriz Serrano) y de la que me he apropiado desde ayer. Comemos en el apartamento y regresamos a Mataró.


64. «El hombre o la mujer perfectos son los seres más anodinos» (Balzac, Tratado de la vida elegante).


65. Hacía mucho tiempo que en casa nadie soplaba velas. Intentando convertir su cumpleaños en una ocasión especial, creí estar un poco más cerca de encontrar mi sitio dentro de la familia: el de quien cree que las cosas invisibles son las más importantes; el de quien se fija en los detalles y en las emociones; el de quien escucha y celebra en lugar de pasar de todo o enfrentarse al mundo desde la comodidad (pasivo)agresiva. El sentimiento de pertenencia viene de hacer cosas por los demás.


66. El dandi es una figura anacrónica. Algunos de sus rasgos no haría falta recuperarlos: la ideología antidemocrática, el individualismo… Nuestros tiempos han pecado de demasiado irónicos, demasiado dandis, en cierto sentido. ¿Qué sería inspirador del dandi, aún? La máscara social (en contra de la visión errónea de la sinceridad como no tener filtro), la noción de la vida como arte, la elegancia como saber escoger, el artificio y la inautenticidad, una impasibilidad a las antípodas de la tiranía actual de la personalidad.


67. De alguna forma, con la tesis he tenido que forzarme a interesarme por el fenómeno de la celebridad. Cuando me puse a investigar sobre el dandismo de Ors, mi curiosidad se dirigía a otros lados (Heidegger, Gadamer). La curiosidad me alejó de los esencialistas y me acercó a filósofos urbanos, como Walter Benjamin o el mismo Ors, por quienes a priori no habría mostrado un gran interés.


68. Por la noche, acabo de ver Tesis, de Amenábar, en Netflix, que no me parece la gran cosa. Pretende mantener al espectador expectante, en suspense, todo el rato, garantía de que, por contra, se le va a aburrir. Todos los actores son guapísimos, dicho sea de paso. Y las imágenes y la estética son bellas porque, tratándose de 1996, difícilmente no iban a serlo.


69. La gente corea: «No es una guerra, es un genocidio». En redes hay quien dice: «Yendo a manifestaciones no vas a cambiar el mundo», pero lo ingenuo es creer que la gente se manifiesta porque crea que así va a cambiar algo. Uno se manifiesta para poner el cuerpo, protestar por la injusticia y verbalizar lo que nos disgusta del mundo actual. Lo que no se nombra no existe. El silencio y el pasotismo no son una opción, ante los muertos ucranianos, palestinos y el cambio climático.


70. A las seis de la tarde me visto con ropa de deporte y subo al castillo de Burriac. Cuando llego está atardeciendo y tan solo encuentro a una pareja. La gente ha salido de puente y las calles también están vacías. En el castillo hay unos paneles informativos sobre su historia y en uno se habla del señor feudal Pere Joan Ferrer, que escribió una obra de temática amorosa titulada Pensamiento –detalle revelador.


71. A la hora de comer le pregunto a mis padres por mi bisabuela Pepeta, que no llegué a conocer. Murió en la segunda mitad de los ochenta. De hecho, no he conocido a ninguno de mis bisabuelos, si bien mis cuatro abuelos siguen vivos. Parece –confío– que llevo la longevidad en los genes. La longevidad me serviría para escribir todos los libros que, por pereza o desmotivación –si no es que son la misma cosa–, no estoy escribiendo ahora.

Descartes decía que necesitaría muchos años, casi un siglo, para escribir todas las obras que quería hacer. El pobre no solo no llegó a los cien años, algo inimaginable en el siglo XVII, sino que murió prematuramente. Una reina, Cristina de Suecia, le pidió que viajara para darle lecciones y él aceptó a regañadientes. A esta reina le gustaba recibir clases muy pronto, a las cinco de la mañana, y, entre esto y las temperaturas extremas del invierno sueco, Descartes acabó contrayendo una neumonía, que le condujo a la muerte. Más vale no hacer planes a muy largo plazo.


72. La celebridad es un producto. Normalmente no aceptamos que un desconocido se nos acerque y nos diga si le gustamos o no, si nos aprueba o no, pero, si devienes una celebrity, se entiende que estarás expuesto a ese tipo de juicio constantemente. Tu imagen se convierte en una mercancía y eso tiene alguna ventaja, como que fácilmente le puedas sacar un rédito económico, y alguna desventaja, como que pases a ser reseñable como un artículo de Amazon.


73. Sueño rarísimo. Encuentro a X encerrado en un cuarto sucio. Dice que no piensa salir de allí y empieza a comerse la basura que hay en el suelo como si fuese un cerdo. Visiblemente incómodo, me dirijo hacia la puerta. Se da cuenta y me mira interrogativamente. Le digo: «Solo espero que te des cuenta de que esta no es la manera de hacer las cosas, de que aislarte no es la solución para dejar de sufrir», y salgo.


74. Desde que volví a instalarme todas las aplicaciones paso más tiempo con el móvil, naturalmente, pero lo hago sin remordimientos. Los últimos meses me han servido para comprobar que usar poco las redes no significa automáticamente que sea más productivo.


75. Hace unos días retomé, después de años, la lectura de La vida amarga de Josep Pla, que me está reportando un gran placer. Volver a su obra es un gozo y un peligro. Es un gozo porque en su inteligencia uno se siente como en casa. Es un peligro porque siempre se corre el riesgo de quererlo imitar inconscientemente. Hay estilos literarios, como el suyo, el de Proust o el de Rodoreda, que se prestan demasiado a la mímesis. ¿Cómo evitarlo? ¿O da igual librarse a ello?