11. Me quedo con su consejo para jóvenes escritores: «Escribid, leed y, también, no escribáis». La vida hay que vivirla, además de escribirla.
12. Hay algo fascinante en la idea de la repetición y sus diferencias. ¿Y si llegar a escribir una novela dependiese de repetir el mismo gesto una multitud de días?
13. No es lo mismo normalidad y normatividad. Me encanta la gente normal. La gente normal es la que conduce su vida desde la seguridad y cierta despreocupación, queriéndose a sí misma y sabiendo que tienen tanto derecho como cualquier otro humano a decir y hacer. La gente normativa es la que, dándose cuenta o no, tiene interiorizadas las normas de conducta por las que se rige la sociedad y vela porque se cumplan; si ven a alguien que pretende hacer las cosas de un modo distinto, le señalan.
14. Me interesa el cambio de imagen que se ha operado en Mark Zuckerberg. Hace semanas leía un texto de ELLE elocuentemente titulado «La transformación de Mark Zuckerberg: de nerd a villano». La soberbia siempre ha sido uno de los pecados capitales más reconocibles. Pienso en los grabados sobre el orgullo que Marc Chagall hizo para su serie de Los siete pecados capitales (1926): un gallito torpemente ataviado con traje y bastón errático y un león con sonrisa boba. En la línea de ese Zuckerberg con gafas de sol, camisetas XL negras y cadenas de rapero.
15. Por la noche, acabo de ver Posibilidad de escape, de Paul Schrader, en la que salen unos Willem Dafoe y Susan Sarandon jovencísimos y guapísimos.
16. Roman Jakobson ya escribió, en su texto sobre el realismo poético, que lo propio del arte nuevo es ser desdeñado y tachado de banal por quienes hicieron el arte anterior. El padre ve una trivialidad allí donde el hijo ve el núcleo duro de sentido.
Así las cosas, de poco sirve buscar consejo en maestros. Solo encontraremos el carácter de nuestra literatura ahondando en nosotros mismos, llevando al límite esas características de nuestra obra que más disgusten a los demás.
17. Era carnaval y yo estaba en algún curso de primaria que no consigo recordar. ¿Cuarto? ¿Sexto? ¿O acaso ya estaba en primero de secundaria? (No puede ser más tarde, eso seguro). La cuestión es que, en la semana de carnaval, la escuela lanzaba una serie de consignas: un día se tenía que venir con una corbata divertida; otro, en pijama… El día que para mí marcó un antes y un después fue en el que se tenía que ir con peluca. Pese a ser un niño muy tímido, me armé de valor: compré una peluca de Cleopatra –¿en la tienda de disfraces Can Patuel? ¿O en la tienda de juguetes El Osito? No me acuerdo. Ya no existe ninguna de las dos– y me planté en el colegio con ella. Tenía en la cabeza un casquete de un color dorado oscuro con una serpiente en la frente y trenzas negras por los lados. Por aquel entonces mi padre ya me había puesto mil veces La corte de Faraón y yo me había enamorado del porte y la mirada de Ana Belén mil y una.
Visto desde hoy, el acto no parece tan transgresor, puesto que era muy pequeño –«cosas de niños», dirían los adultos– y era carnaval, fechas en las que, en principio, todo está permitido. La excepcionalidad del carnaval es como la de una rave o la de un día de huelga: su valor no está en que instaure un nuevo orden, sino en que rompe el hábito acostumbrado y lo revela en su automatismo y arbitrariedad. «Las cosas podrían ser de otro modo, aunque no necesariamente este», nos viene a decir el rey del carnaval.
18. En realidad, ser un impostor no es lo contrario de ser algo auténticamente. La impostura es parte del proceso de aprendizaje: antes de devenir algo, simulas un poco que ya lo eres. El hábito hace al monje (nunca me cansaré de repetirlo).
El síndrome del impostor no sería más que una señal de que, poco a poco, nos estamos acercando a la persona que querríamos ser.
19. Leo una entrevista en El País de Sergio C. Fanjul con el director de cine documental Ramón Lluís Bande. Nunca he visto una película suya pero su nombre me suena de los tiempos en que estaba aficionado al cine de autor.
Su proyecto sobre la memoria histórica comprende tanto filmes como libros. Me interesa que hable del párrafo como «unidad básica de la escritura». La escritura de este diario y, de hecho, la manera en la que he pasado a entender la escritura en general remite a eso. «Los párrafos como neuronas que, según se conecten, generan diferentes memorias». Una noción que muy claramente evoca el montaje cinematográfico.
20. Escribir: cuando lo puedo hacer en mi tiempo libre, lo postergo; cuando lo tengo que hacer por trabajo, lo evito por todos los medios. Y aun así, se supone que la escritura es lo que más me gusta.
21. Estos días he estado viendo la trilogía nacional de Luis García Berlanga. El aristócrata y actor Luis Escobar es fascinante. Imagino un Madrid de antaño lleno de palacetes y coches de caballos.
22. Las oscuras salas de cine eran civilizadoras: comer palomitas emitiendo el menor ruido posible, la concentración colectiva… Quien hablaba en lugar de murmurar era chistado. Sabías que una escena emotiva había tenido éxito cuando se oía a varias personas sorberse la nariz a la vez.
La decadencia de las salas de cine es una muestra de nuestra creciente incapacidad para estar con los demás.
23. «Durante siglos, la moda fue una combinación de estructuras conformistas y pequeñas variaciones individuales. Siempre ha habido el juego entre la afirmación de una identidad social y la de una identidad personal.
»Hoy, la moda sobre todo es una elección cultural. Decimos que nos gusta tal estilo o tal manera de vivir. La ropa ya no es señal de riqueza. Como que hay muchas influencias, escoger qué te influencia forma parte de una dimensión personal» (Gilles Lipovetsky).