93. A veces la sensación de soledad no viene de una ausencia de relaciones sociales sino de la falta de compromiso con uno mismo. No cumplir las promesas que te habías hecho, descuidarte, ignorarte. Quien se olvida a sí mismo luego no sabe estar con los demás.
94. Doy un paseo por el Camí de les Cinc Sènies mientras se pone el sol. El cielo ha estado nublado todo el día. Sobre ese fondo gris se recortan unas montañas verdes, salpicadas con pinos y casas, a las que sí que alcanzan los únicos rayos de la tarde.
Llego hasta la carretera de Llavaneres y rehago el camino. Miro hacia el mar, la Platja de Sant Simó, que hoy es de un azul puro y dibuja una multitud de volutas, con reflejos dorados. A medida que el atardecer avanza, los colores del sol ganan intensidad tras las nubes, como si quisieran compensar el tiempo perdido.
Paso al lado de unos invernaderos. Al fondo, cierto humo cubre los edificios más altos de Mataró. Más al fondo aún, la cordillera Litoral y, sobre una de sus montañas, la sombra del castillo de Burriac. Siempre me sorprenderá que desde la ciudad se vea tan lejos. En realidad, subir a Burriac desde Mataró es cuestión de caminar hora y media, dos horas como mucho.
95. La comparación entre Sartre y Camus me recuerda a la que suele hacerse entre Godard y Truffaut: se entiende que el primero es más cerebral mientras que el segundo es más emocional. Sin embargo, como un librero me dijo una vez, sin emoción no hay arte. La apariencia de impasibilidad es solo eso, una apariencia.
96. Me gusta hacer listas de qué llevarme a un viaje; es lo más cerca que estoy de idear un kit de supervivencia. ¿Qué es lo justo que necesitarías para vivir? Bruno Latour, en ¿Dónde aterrizar?, hablaba de cuán oportuno era escribir una lista de las cosas que nos resultan necesarias. La pregunta sería: ¿por qué seguimos exigiendo muchas más?
97. En el vuelo de Múnich a Oslo, una mujer rubia está sentada a mi lado. Cuando me ve con el libro de Knausgård, me pregunta si he leído los cinco anteriores. Le digo que sí y añade, entre risas:
–¿Eres un masoquista?
–Este volumen, el último, lo dejé a medias hace cinco años y ahora he vuelto a empezarlo, por este viaje a Noruega.
–Me pregunto si al autor le debe quedar algún amigo.
–Justo voy por la parte en que su tío, furioso, amenaza con denunciarlo por haber escrito sobre secretos de la familia.
–Bueno, disfruta de la lectura.
Me intriga si también se habrá leído la saga pero no me atrevo a ser yo quien le interpele esta vez.
98. A las seis llegamos al centro. El primer edificio emblemático que avistamos es el museo Munch. De entrada este artista no me genera un interés especial. Es un autor opacado por su propia obra: El grito. Edvard Munch nació el 1863 y murió el 1944. El expresionismo no suele gustarme porque pienso que, muchas veces, lo más expresivo viene dado por un estricto ejercicio de contención. Esto aplica a la realidad del arte pero no tanto a la de la vida. En lo que respecta al papel de las emociones en nuestra vida personal, expresarlos o no no depende de un rasgo de nuestro carácter sino de un nivel de autoconocimiento y conciencia; es lo que decía Jung de que lo que aceptas te transforma y lo que reprimes te domina.
Al lado del museo Munch está la Ópera de Oslo, un edificio blanco, horizontal, con una discreta entrada en uno de sus lados y un mirador arriba. Un grupo de gente hace una clase de salsa enfrente de la entrada, cuando pasamos. Los guiris no dan —damos— abasto con qué fotografiar.
Luego entramos en la biblioteca Deichman, que está al lado. En Finlandia, el año pasado, descubrimos que las bibliotecas nórdicas son algo inaudito, complejo, mucho más avanzado que las del sur. En Helsinki visitamos Oodi, la Biblioteca Central, donde ocio (salas de videojuegos, de descanso…) y trabajo (salas de estudio, talleres manuales, estudios de grabación…) presentaban una perfecta continuidad.
99. Regresamos al hotel andando, a las nueve y pico. Todavía no ha anochecido. Aquí, en verano, los días son muy largos. En invierno, en cambio, apenas tienen horas de sol. Por eso Knausgård escribe, sobre un momento en el que estaba deprimido: «El verano estaba a punto de acabar, el mundo se retiraba a las sombras, crecía la oscuridad. Yo lo anhelaba. Quería tener oscuridad. Quería desaparecer, tanto ante mí mismo como ante los demás» (p. 136). El invierno como guarida autoaniquiladora.
100. El Rasmus Meyer tiene una colección de cuadros de Munch bastante representativa de su estilo; es más fácil aproximarse a sus obras aquí que en el abarrotado Museo Munch de Oslo.
Cuando observas la trayectoria de Munch como un todo en lugar de sus obras más conocidas, descubres que no era tan lúgubre como habrías imaginado en un primer momento. La negatividad de sus pinturas y dibujos no proviene de la truculencia sino de una representación justa de las embestidas de la vida. A partir de 1900, su producción se volvió más luminosa. Ingresó en una clínica en Copenhague y, desde allí, en 1901, hizo un autorretrato, un óleo, desbordante de color y con pinceladas gruesas y enérgicas, que dejan entrever el fondo original del lienzo.
101. En el museo de artes decorativas Permanenten encontramos dos exposiciones: una trata sobre poder, materialidad y escultura en el siglo XVIII y en el contexto de las monarquías absolutas y la otra, sobre una pintora noruega decimonónica. La primera se titula Nordmandsdalen, que es también el nombre de un parque de esculturas situado en el palacio real de Fredensborg, a las afueras de Copenhague. Este grupo de esculturas es entendido como el primer proyecto «democrático» de la historia del arte danés y noruego porque no representan a personas de la nobleza o figuras mitológicas sino a comerciantes, artesanos, músicos, etcétera. Las esculturas fueron creadas entre 1764 y 1784 y se basaban en diminutos muñecos de madera y de marfil hechos por un escultor de Bergen, Jørgen Garnaas. También se hicieron figuritas de porcelana inspiradas en las de Garnaas. Se pasa de la humildad de la madera al lujo colonial del marfil, la contundencia de la piedra, la exquisitez de la porcelana, pero hay una constante en todas estas piezas: la preocupación por reflejar detalladamente la vestimenta de la época. A Martin Margiela, tan obsesionado como estaba con sus barbies, que vestía y desvestía, le encantarían.
La segunda muestra consiste en una retrospectiva de la pintora Harriet Backer: retratos, autorretratos y, sobre todo, cuadros de interiores. Backer definía su labor por contraste con los impresionistas, casi siempre hombres: no pintaba al aire libre sino al aire libre… en el interior.
102. A media mañana llegamos a Kristiansand, la ciudad más al sur de Noruega.
En Mi lucha, Knausgård cuenta que en Kristiansand pasó gran parte de su infancia. Paseo por sus calles –las casas de madera del casco antiguo, Posebyen– imaginándome al escritor en potencia, fantasioso, reservado. Nadie habría predicho aún lo que sería capaz de hacer.
La catedral de Kristiansand es tan alta que resulta difícil encuadrarla con la cámara del móvil. Un edificio colosal. Puesto que hay misa está abierta, pero el altar o sus naves no me interesan tanto como su recibidor, en el que encuentro una serie de seis cuadros colgados en la pared de la izquierda y seis más en la de la derecha. Estas pinturas de escenas bíblicas –el génesis, la crucifixión…– fueron hechas en el siglo XVIII y presentan figuras bastante estilizadas, recatadas, simétricas. Son algo hieráticas pero con un hieratismo distinto al de mis queridos Piero della Francesca y Andrea Mantegna.
En el siglo XIX, los cuadros dejaron de ser del gusto estético de la época y se los llevaron a un museo. Gracias a eso se salvaron del incendio de la catedral que tuvo lugar en 1880. En 1960 volvieron a exponerse en el interior del templo, en el porche. La inactualidad puede resultar salvífica. Es como lo que le pasa a los libros de Eugeni d’Ors, que nadie lee salvo un puñado de académicos; sobreviven en el margen, ignorados, pero a salvo de instrumentalizaciones ideológicas e incendios hermenéuticos, esperando a ser retomados.
103. En el museo Munch la gente se agolpa dentro de un cubículo oscuro en el que está expuesto El grito. Paso de largo, una postura aparentemente esnob que en realidad obedece al cansancio –o hasta ansiedad– que me producen las aglomeraciones. Me impacta mucho más un lienzo titulado Lucien Dedichen y Jappe Nilssen (1925-1926): un caballero le confiesa a su buen amigo que sufre una enfermedad terminal. Tiene una gran carga emocional y, en comparación con sus obras más claramente expresionistas, es muy contenido.
Ahora mismo, en el museo, hay una exposición titulada Sangre de vida, sobre la relación de Munch con la enfermedad, no solo a través de sus propias afecciones de pecho o de la muerte por tuberculosis de su madre y una de sus hermanas sino también de los problemas psicológicos de Laura Munch, otra de sus hermanas, o de sus viajes a sanatorios y balnearios. Se fue a la Riviera francesa en busca de un clima más cálido y saludable y acabó en los casinos de Montecarlo, que también plasmó en algunas de sus pinturas –es una parte menos existencial, más banal, menos seria, de su producción, que me parece que el gran público no conoce tanto.
Tal vez lo que más me gusta de la obra de Munch sean sus autorretratos. El gran descubrimiento que he hecho viendo muestras suyas en Bergen y Oslo es que no era un artista monolítico. Su curiosidad se refleja en la cantidad de situaciones, estados de ánimo y temas que hay en sus cuadros. Y en la búsqueda formal que le conduce del impresionismo y el puntillismo a derroteros más personales.
104. Conversamos en el porche de su casa. A medida que anochece veo cómo su rostro se hunde en la oscuridad, en el azul de esta masía entre el mar y la montaña.
105. Busco entrevistas con Knausgård. El interés por él me ha renacido tras más de cinco años. En 2020, cuando traté de leer el último tomo de su saga autobiográfica, me impacienté y lo mandé a tomar por saco. Me arrepentí de haber invertido tanto tiempo en su lectura. Su obra contraviene el precepto de que menos es más. Es, de algún modo, una literatura antisocial, porque se prodiga en palabras cuando, en sociedad, desde niños, se nos inculca la economía del lenguaje y se nos enseña a desconfiar de quien es demasiado prolijo. En el campo literario, los poetas suelen sentir recelo hacia quien escribe prosa y llena demasiadas páginas.
106. Los de Paco Graco han querido conservar los rótulos de antiguos comercios, restaurantes, bares, que, de no haber sido por ellos, habrían ido a parar a la basura. Reivindican el patrimonio gráfico y muestran su labor en la cuenta de Instagram @pacograco. Me hacen pensar en otra iniciativa, @rajolesdebarcelona, que pone en valor el mosaico hidráulico, tan característico del Eixample barcelonés, fotografiándolo y defendiéndolo. Supongo que la noción de patrimonio, como la de canon en literatura o filosofía, supone una selección y, por tanto, una exclusión: definimos lo que nos importa en función de lo que dejamos fuera de la categoría importancia. Ante el canon, el archivo quiere –en vano– guardarlo todo, acumular; síndrome de Diógenes. Siempre he visto algo más plausible o cuanto menos fascinante en la obsesión por guardarlo todo que en la valentía de escoger. La vida supone elegir y, por ende, rechazar las posibilidades no elegidas, pero algunas obras literarias muy valiosas, como la de Proust, Knausgård, Pla o el diario de Gide, surgen de la voluntad inútil de no dejar nada fuera. Es una voluntad anárquica e irracional, que tal vez responda a cierto panteísmo: todo merece permanecer.
107. De camino escucho por los auriculares la entrevista que Javier Aznar le hizo a Carlo Padial en su pódcast Hotel Jorge Juan. Me gusta lo que Padial dice sobre el problema de «petarlo» y de la sobreexposición: «Petarlo es un problema, porque si tu objetivo, como artista o creador, es petarlo, tu carrera por definición va a ser corta. Te ponen en una posición casi como de reality show, para consumirte; eres algo con fecha de caducidad muy clara. Ves a la gente durante tres o cuatro años, están hasta en la sopa y, tres años más tarde, nadie quiere saber nada de ellos porque el mismo hecho de petarlo los ha quemado. La cosa no va de petarlo. Si lo peto hoy, probablemente en tres años voy a estar medicado en mi casa. Lo que quiero es, dentro de diez años, seguir haciendo lo mismo que hago. Ese es el éxito. Frente a la cultura del petarlo, creo mucho en tener una carrera larga».
108. Luego vamos al Palau de la Música Catalana a un concierto de piano a cargo de la croata Martina Filjak. Interpreta piezas de Händel –maravilloso passacaille–, Schumann, Skriabin –Preludio y Nocturno para la mano izquierda: el compositor se hizo daño en la mano derecha y escribió una pieza que se pudiera tocar solo con la derecha– y Liszt.
109. A las siete de la tarde, salgo a dar una vuelta por las Cinc Sènies. Sol macilento, que, antes de esconderse tras las montañas, se transforma en una bola de fuego, roja. Dicen que es efecto del humo de los incendios que están teniendo lugar en algunas partes de España.
110. La vida siempre parece más irrelevante si se la observa con los ojos de lo que socialmente es valorado o si se la compara con imágenes de Instagram y revistas del corazón. Pero no estamos en ningún ensayo, la vida es aquí y ahora. La función ya está en marcha y la representación que hemos hecho de todas las edades comprendidas desde el nacimiento hasta los veintisiete años es irreversible.