30 de septiembre de 2025

Inteligencia es sensibilidad. Septiembre 2025


111. Contento, he decidido bajar hasta la playa del Bogatell dando una vuelta y escuchando Dennis de Sega Bodega. Después he regresado a la parada del bus atravesando el Poblenou y el Fort Pienc.

Había olvidado que, caminando por Barcelona, el cielo se abre ante ti en toda su amplitud. Que cuando oscurece sigue habiendo barullo por las calles, en las terrazas. Que las aceras son anchas y puedes avanzar por ellas con el desasimiento de quien baila.


112. Mi vida es solitaria y saboreo los encuentros con amigos como una buena copa de vino. Será que los he sabido escoger bien.


113. ¿Por qué tengo tantos reparos a la hora de hacer una lectura no lineal de un libro? Siento que si no he recorrido todas sus páginas de principio a fin y hago como que lo he leído soy un impostor.


114. Escribir a mano es placentero porque el tiempo que paso haciéndolo no estoy mirando ninguna pantalla. Te ves obligado a ser más lento y prudente; dar forma a cada letra toma más tiempo que pulsar una tecla.


115. Escribir es contemplación y conflicto.


116. El dictum de los tiempos es la diversión: «Just for fun». Te tienes que amoldar a ello, no queda otra. ¿Quieres algo más profundo? Da igual. El sufrimiento viene de intentar contravenir este hedonismo ciego.


117. ¿Cómo puede afectar a una relación de pareja el hecho de tener ideologías diferentes? Dicen que para que una relación funcione hace falta apertura de mente y predisposición a aprender, ¿pero es imaginable que dos personas que políticamente estén a las antípodas puedan vivir el resto de sus días juntas? La cosa cambia si no se piensa en el amor tan a largo plazo, pero, si le quitamos la aspiración a la permanencia –a la eternidad, diría, si no sonase pomposo–, solo quedan breves escarceos. Y uno se acaba cansando de hacer el tonto.

Cada vez aguanto menos los extremismos. Por eso llevo tiempo pensando que debo ser socialdemócrata sin saberlo. Sospecho de las utopías revolucionarias, del mundo perfecto que está por llegar. La vida me parece eminentemente sucia. Creo que la buena política consiste esencialmente en trabajar y realizar, con lo que nos viene dado, cambios pequeños que puedan conducir a transformaciones profundas. Imaginar un futuro poscapitalista es difícil porque, para empezar, no hemos decidido voluntariamente meternos en este embrollo de sistema socioeconómico. Así como no hablamos a través del lenguaje sino que el lenguaje habla a través de nosotros, no damos forma al capitalismo sino que el capitalismo nos ha dado forma a nosotros.


118. Dices que la socialdemocracia no nos salvará y que el cambio viene dado por la revolución pero lo único que quiero saber, lo único que me pregunto, es qué hay entre nosotros.


119. Puedes tratar muchos temas desde el convencionalismo, pero no la vida de Oscar Wilde. Ese no.


120. Lynch tuvo un final tan asfixiante e inquietante como sus propias películas.


121. En la escuela se nos decía que debíamos aprender historia para «no repetir los errores del pasado». Sin embargo, las sociedades alemana y austriaca del siglo XX eran perfectamente cultas, conocían la historia, y eso no les impidió dar su apoyo al nazismo. Conocer la historia tampoco está sirviendo, actualmente, para que los países poderosos y con recursos militares impidan a Israel acabar con la población palestina.

Esa razón por la que estudiar historia se revela ingenua. Me parecería más interesante estudiar historia no para saber qué no hacer sino para saber qué hacer. En la tradición podemos encontrar destellos, líneas de fuga, microhistorias, que nos inspiren para el presente.


122. Le dices a tu psicólogo que te gustaría ser más productivo y te responde: «¿Por qué eres tan autoexigente?». ¿El discurso psicoterapéutico predominante es conformista? ¿Nos anima a ser cómodamente mediocres, puesto que lo que se salga de allí no es «autocuidado»?


123. Caminando por Caldes d’Estrac, de camino a la residencia, mi padre trata de explicarme la diferencia entre una adelfa y una buganvilla; las segundas son trepadoras; además, una adelfa puede tener otros colores, más allá del rosa.

La última vez que visité al abuelo Pere fue el martes 26 de agosto, es decir, hace tres semanas. Dice estar bien. Las heridas que tiene en la cabeza por el cáncer de piel no están tan enrojecidas; parecen haber cicatrizado más. Juega al dominó con otro compañero de la residencia. También ha cobrado cierta autonomía; ahora ya no hace falta que le den la comida sino que tiene suficiente fuerza en los brazos como para comer solo.

Acabamos hablando de nuevo de la madre del abuelo, que se llamaba Josefa Cid García, pero todo el mundo le conocía como Pepeta. Tenía cuatro hermanos: Manel, el mayor; Maria; Rosa (le llamaban Rosita); y Marià. Hacia 1957, el pequeño, Marià, tuvo un accidente con su Mercedes, en el que también viajaba su padre y que, de hecho, murió. Nunca me han hablado bien del padre de mi bisabuela Pepeta; se ve que era un hombre severo que obligaba a sus hijas a darle todo lo que ganaban trabajando.

El accidente tuvo lugar un día que habían ido de excursión al pantano de Sau. De vuelta a Mataró, cuando ya habían pasado Granollers, atravesaron el paso de Parpers, que da muchos giros. Después de este, a la altura de los Quatre Rellotges, Marià se desorientó y estampó el coche contra un platanero. Por culpa del impacto el automóvil rebotó y dio dos vueltas de campana. Cayó en un campo.

Ni mi padre ni el abuelo saben a ciencia cierta por qué debió ocurrir el accidente: ¿Marià simplemente se desorientó? ¿En la excursión al pantano, donde iban a hacer costellades (así llamaban a las barbacoas de entonces), habría bebido? ¿O conducía sobrio? La cuestión es que su padre murió y su hija pequeña, que también viajaba con ellos, quedó afectada de por vida.

Por lo que me cuentan, la parte Cid de la familia es despiadada, fría, cínica. No obstante, también se sabían divertir, si hacían planes de domingo como irse a un pantano a hacer una costellada. Y también tendrían inteligencia estratégica: Pepeta se emancipó de la casa paterna, hizo el estraperlo y, con lo que sacó de ello, montó una fabriquilla de género de punto. En aquel entonces se cumplía lo que dice Josep Pla: «Ganar un poco de dinero … es relativamente fácil si uno no espera que los demás se lo lleven en bandeja» (La vida amarga, OC6, pág. 282).


124. Dios es la luz dentro y fuera del hombre.


125. Le ha gustado que se presentase estrechándole la mano, en lugar de darle dos besos. Todos, hombres y mujeres, nos deberíamos saludar con un apretón de manos, no con dos besos –o peor: tres, como en el caso de los franceses. Los besos por compromiso son invasivos y artificiales. Un distante apretón de manos puede transmitir mucho más, en el fondo. Hasta que no comprendamos la cálida, tierna humanidad de la formalidad y la cortesía no habremos entendido nada.